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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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18 Octubre 2013 04:06:54
Los motivos del lobo (II)
Rafael Chao López, quien a mediados de los 80’s era el comandante en la región norte de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), se ufanaba que metían en pipas de Pemex droga a Estados Unidos desde Tamaulipas sin ningún problema. “Las puertas de la aduana se abrían para que pasáramos”, contaba Chao López, uno de los primeros jefes policiales que instauraron el sistema de plazas para los cárteles de la droga. Arrestado años después por narcotráfico, formaba parte del entramado de la CIA para introducir armas a México y transportarlas en camiones del sindicato petrolero a pistas clandestinas para mandarlas a la Contra antisandinista.

La historia negra de la CIA en México, bajo cuya sombra se creó la DFS en 1947 –su primer subdirector, el mayor Manuel Mayoral García, controlaba el tráfico de mariguana en el país-, resurgió al revelar los ex jefes de la DEA, Phil Jordan y Héctor Berrellez a la cadena Fox News, que un agente de la CIA participó en el asesinato del policía antinarcóticos Enrique Camarena Salazar en 1984. Simultáneamente, el ex piloto de la CIA William Robert “Tosh” Plumlee, revivió su vieja denuncia que la compañía operó un puente aéreo de armas a la Contra desde el rancho veracruzano del ex jefe del Cártel de Guadalajara, Rafael Caro Quintero –acusado del crimen de Camarena Salazar-, en los 80’s.

Funcionarios mexicanos de la época recordaban que las armas llegaban por Texas, y las manejaban los narcotraficantes tamaulipecos y el cártel de Guadalajara. La CIA estaba a cargo de la operación a través de la DFS, pero la DEA, que estaba totalmente compenetrada con la antigua Policía Judicial Federal, que dependía de la PGR, sabía no sólo del trasiego de armas, sino que las dos agencias policiales mexicanas estaban metidas en el narcotráfico. La DEA tenía infiltrados a los cárteles y sus agentes, como ha sido la sospecha de Camarena Salazar, jugaban en los dos bandos. Para las agencias de inteligencia estadounidenses, la ilegalidad no era norma que los rigiera, sino la utilidad que obtenían de manejarse en los terrenos grises donde cohabitaban con criminales.

En México, la relación de sus servicios de inteligencia con las drogas es muy vieja. La Marina, por ejemplo, trabajó en México los programas “Chatter” y “Artichoke” para experimentar drogas en seres humanos, y en los 50’s, estudiaron el trabajo de la curandera mazateca María Sabina en la sierra de Oaxaca sobre los efectos de las drogas en el control mental, con ayuda de prominentes intelectuales. Años antes, los gobiernos de México y Estados Unidos firmaron un acuerdo secreto para plantar amapola en la Sierra Madre Occidental y remplazar la interrupción del flujo de amapola y hachís turca durante la Segunda Guerra Mundial, que utilizaban para la morfina.

El patrón criminal en México se originó en Indochina y fue replicado en Centroamérica. Durante los 80’s, pagaron millones de dólares al hombre fuerte de Panamá, Manuel Antonio Noriega, que estaba ligado al jefe del Cártel de Medellín, Pablo Escobar, quien viajaba en aviones de la CIA. Al norte de Nicaragua, la CIA forjó relaciones con militares hondureños, como el general José Bueso Rosa, involucrado con el narcotráfico y el apoyo a la Contra, relacionado con Juan Ramón Matta Ballesteros, ligado al narcotraficante de origen cubano Alberto Sicilia Falcón, cuyo guardaespaldas era uno de los matones a sueldo de la CIA, y que se fugó de la cárcel de Lecumberri en la ciudad de México en 1976. Matta Ballesteros conectó a los cárteles colombianos con el de Guadalajara, cuyo gran jefe era Miguel Ángel Félix Gallardo.

La CIA y la DEA vivieron de cerca el fondo de las cañerías que han dominado la vida pública mexicana por décadas. Uno de los jefes legendarios de la DFS, Miguel Nassar Haro, considerado como un activo estratégico de la CIA, tenía en su primer círculo a comandantes que fueron asesinados en vendettas entre narcotraficantes. Las revelaciones de Jordan y Berrellez, ubicadas en lo que sucedió en México en los 80’s, son un misterio que aún no termina de desvelarse, donde el asesinato del agente de la DEA provocó una crisis diplomática entre Estados Unidos y México, y cambió el rumbo de las relaciones bilaterales. Difícilmente se encontrarán respuestas en Washington. Pero en México hay una oportunidad dorada. Muchos de los actores de aquellos años están vivos y pueden aportar su verdad. Casi imposible que sea voluntariamente. Pero una Comisión de la Verdad sería el camino para encontrar algunas de las piezas ausentes del rompecabezas de nuestra vida pública. No será fácil obligarlos a hablar lo que saben, pero el largo túnel de la narcopolítica en México exige la claridad y el deslinde de culpas y complicidades. No podemos darnos el lujo de mantenerlas enterradas por generaciones y para siempre.

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