Cuando los primeros hombres pisaron la luna uno de ellos entró en profundo éxtasis al contemplar de lejos el planeta Tierra. “¡Dios mío… qué preciosidad!”, balbuceaba. Dicen las malas lenguas que un fuerte codazo lo sacó de su embelesamiento: “¡Ándale güey, muévete!”, gritó enfurecido otro de los astronautas, “¡hay que recoger piedras!”.

En efecto, había que recoger las muestras de las rocas lunares para estudios científicos posteriores. No era menester llevar anotaciones de la conmovedora experiencia de ver la Tierra a distancia. No había tiempo de registrar los sentimientos insondables inspirados por el exquisito despliegue de colores que delimitaba la configuración de continentes y mares. No había tiempo para sentimentalismos.

Mientras los fríos guijarros extraterrestres yacen hoy tras gruesos cristales en diversos museos del mundo, la singular experiencia de observar la majestuosidad del planeta Tierra a distancia, se ha evaporado. Tal vez si los astronautas se hubieran tomado el tiempo para elaborar un glosario de nunca antes experimentadas emociones, hoy las nuevas generaciones pudieran vivir esa increíble aventura a través de la palabra escrita.

Las actitudes de los astronautas son un fiel reflejo de la dinámica del mundo moderno. Se educa para ganarse la vida, no para vivirla. La carrera consumista emprendida por las sociedades contemporáneas ha robado a las nuevas generaciones los espacios para el gozo del espíritu.

Los niños sí saben cuando es tiempo para dejar que sucedan las cosas, y cuándo es tiempo para hacer que las cosas sucedan. Los adultos ignoramos en que momento deja el niño de ser uno con el universo. No sabemos cuándo pierde su capacidad de asombro ante la belleza del capullo que se dispone a recibir la primavera, el flujo y reflujo de los mares, la emigración de las aves. Es incierto el instante en que su diáfana mirada deja de reflejar en sus pupilas la maravilla de la creación. Se desconoce cuándo deja de amar y de cuidar a todos los seres vivos que lo rodean.

Cuentan que un anciano caminaba por la playa al amanecer y vio que un niño recogía las estrellas de mar esparcidas sobre la arena, que luego arrojaba al océano. Se acercó y le preguntó al niño por qué hacía eso. El niño le explicó que las estrellas de mar extraviadas en la arena morirían sin remedio si las dejaba ahí hasta que el sol calentara la arena de la playa.

—Pero hay muchos kilómetros de playa y hay millares de estrellas de mar. ¿Habrá alguna diferencia después de tu esfuerzo? —objetó el anciano.

El niño miró amorosamente la estrella de mar que tenía en ese momento en su mano, la lanzó al mar, y replicó:

—Para ésta si habrá diferencia.

Cuántas cosas podemos aprender de los niños y, sin embargo, los adultos creemos que les enseñamos. Enseñar significa sensibilizar: a las palabras, a las ideas, a los problemas, a la angustia de otros, a la humanidad, al universo entero. Hay mucho que aprender de los niños. Jesús de Nazaret decía: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos”.

Los niños sí saben vivir en el aquí y en el ahora: El pasado ha quedado atrás y el futuro es desconocido. Ellos se comprometen con el hoy, y hacen lo que pueden hacer éste día, y disfrutan lo que pueden disfrutar en este momento. Los niños miran con asombro; su mirada es diáfana. Sus pupilas reflejan la maravilla de la creación. Los niños son seres mágicos. Tienen la capacidad de ver más allá del color de la piel y del color de las banderas, y la intuición necesaria para saber si son amados y respetados de verdad por los adultos: una máscara de sonrisa no logra impresionarlos. Los niños son bellos: su capacidad de amar y perdonar es inmensa. ¿Cuántas veces los niños golpeados y maltratados por los adultos lo olvidan, secan sus lágrimas en la almohada, y al día siguiente, con una sonrisa, levantan sus brazos y confían de nuevo en ellos?

Hay dos palabras en el mundo maravilloso de los niños: ¿Por qué? Es la llave maestra que utilizan para descubrir y enamorarse del universo. Cuando dejan de pronunciarlas, es que nadie se molestó en responder; nadie tuvo tiempo de fomentar el sentido innato en los niños de la aventura vital.

Si de verdad escuchamos lo que nos dicen los niños, advertiremos que no son las cosas que los adultos nos esforzamos en darles lo que ellos anhelan, sino que lo que los hace realmente felices es el tiempo de calidad compartido y disfrutado con nosotros. Hoy, este día.
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