Mañana lunes volverán los niños a la escuela. Unos irán contentos porque se encontrarán nuevamente con sus amigos, otros estarán gustosos de proseguir sus estudios y algunos más llegarán tristes porque se acabaron las vacaciones. Pero itzel, una niña de Piedras Negras, Coahuila, que contaba sólo con 10 años de edad, ya no volverá nunca a la escuela. No volverá porque decidió quitarse la vida y tomó una determinación que no es reversible y que tampoco es fácil de entender para las personas que la conocieron, que seguramente la querían y que ahora van a tener que aprender a vivir sin ella.

El martes 16 de agosto la pequeña Itzel celebró sus 10 años de vida, sin fiesta y en soledad. Estuvo sola en su casa, porque todos sus familiares estaban trabajando. Estaba en un estado de tristeza profunda, tal vez tanto, que decidió que ya no quería vivir. Escribió una nota póstuma en donde les pide a su madre y a su hermano que no la olviden y decide ahorcarse para poder salir de ese estado en el que no toleraba estar más.

Y debemos preguntarnos si era claramente consciente de lo que estaba haciendo. Porque los niños tienen una concepción muy diferente a los adultos de lo que es la muerte. Para el niño, la muerte es reversible, es decir, ellos creen que se puede despertar después de que se han muerto. Para ellos, la muerte es como un sueño del que al final se despierta. Y por eso pueden tomar esa decisión de la cual los adultos sabemos que ya no hay retorno.

Itzel quería muchas cosas, como ser maestra, pero también quería tener atención de su familia. Tal vez no la tuvo suficiente, porque su pequeña familia, su hermano y su madre, tenían que trabajar la larga jornada de la fábrica y ella no pudo sentir el lazo de afecto que la hubiera mantenido con vida. No experimentó adecuadamente el vínculo de apego que protege de la soledad y que crea la sensación de protección que la familia construye como una piel protectora de la angustia. Tanto miedo tenía, que estando sola por la noche construyó el fantasma de un niño que era el deseo proyectado de su necesidad de compañía, el amigo imaginario con el cual los niños se acompañan, pero que a ella la asustaba mucho porque estaba demasiado tiempo sola.

No es la única niña que se ha sentido desprotegida, pero no hubo una vecina, una maestra o una abuela que le sirviera de tutor de resiliencia, que le permitiera salir de ese oscuro agujero que era su vida. No tuvo la suerte de Hans Christian Andersen, hijo de una madre alcohólica que lo descuidó a tal grado que en ocasiones tuvo que vivir bajo un puente, pero que gracias a una vecina amorosa que actuó como madre sustituta y que despertando su resiliencia, el deseo de luchar por la vida, terminó siendo uno de los mejores escritores de cuentos de hadas que han existido. No hubo nadie para Itzel. Realmente estuvo sola.

Su decisión no fue influenciada por algún adulto malévolo, por la televisión, Internet o la prensa escrita. Tampoco fue la falta de valores familiares o el bullying en la escuela. Fue la soledad y la necesidad de atención que sus familiares, en la lucha que mantenían por las presiones económicas no pudieron darle, lo que la condujo a tomar una decisión que tal vez pensó muchas veces y que posiblemente les comunicó con su actitud, pero que no fue oída ni entendida con oportunidad por los adultos que la rodeaban.

Su historia fue breve, pero nos deja una enseñanza. Los niños deben de recibir tiempo de calidad y atención adecuada para que puedan seguir viviendo. El adulto que llega a casa después de una larga jornada de trabajo debe seguir aún con la labor más importante que se tiene en la vida: atender las necesidades afectivas de sus hijos.
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