Lucha libre
Son proyectos que crecen contra la imposibilidad y desde la sombra. Obras que se nutren del sol diario, y van amasándose en pequeñas joyas de sobrevivencia; sencillas formas de resistir, como el enjuagar una gastada cuchara en un grifo que escupe aire. Igual que regar y salvar del polvo una maceta de geranios en el epicentro de la tolvanera nuestra de cada día.
Proyectos útiles y bellos. Obras auténticas hechas desde la entraña. Formas que gastan años en tomar su apariencia final. Casas erigidas en el aire. Amor que existe sólo en sus actos.
Ixtle y sol
Hablo de estos pequeños milagros y estoy hablando del disco “Crónicas”, del cantautor saltillense Arturo Marines. Un trabajo producido por Sergio “Timo” Quintana, uno de los músicos más sensibles y oficiosos de la región. Once canciones que nos platican una ciudad que de pronto existe y de pronto ya no es: Arturo recupera el trabajo autoral y el oficio de décadas –desde los lejanos 80, cuando lideraba el grupo Bola Cuadrada- y el tacto de los propios pies; el registro y el testimonio de cuando la idea de ciudad era sueño colectivo y no propiedad privada: la épica a contrapié de danzantes sordomudos y corredores epilépticos, de serenatas y entrañables personajes del barrio, leyendas de crímenes coloniales con resonancias góticas e indomables guerreros convertidos en montañas.
Ciudad Luz
Arturo, como un auténtico juglar, testigo, vago y poeta lírico, usando el tiempo como arteria, desenreda el hilo de historias y voces que se vuelven espirales. Campanas dialogando en el aire. Acequias que cuadriculaban con su canto este valle de cemento.
Y así, por encima de la telaraña de tantas naderías que nos cercan, pervive el testimonio de lo concreto: “Con mis ojos yo lo vi”, afirma el que documentó todo con sus ojos de jardinero, de mecánico o de chofer; el cronista que tejió la enredadera de sus días con el único capital de sus propias manos.
En la maraña de registros y timbres de este disco que es todo un documento, pervive un latido y un legado. La proclama de nuestro Diógenes urbano, don Adrián Rodríguez se pasea a través de las notas con sus claveles y su condena a los enanos mentales, sus tempranos happenings y sus eternos papeleos: su intemperie y su paraguas de palabras.
“Crónicas” es un logro del arte en estas tierras del semidesierto. Una planta cosechada al fuego de la amistad. Un canto de amor a un espacio geográfico y a su historia remota y reciente. Pero sobre todo, una hazaña de lo concreto: no las palabras grandilocuentes, ni las frases en letras doradas, no los sentimientos abstractos ni las placas inmóviles: un gran fresco en movimiento de la vida y las gestas de personajes pequeños. Parpadeo de breves luciérnagas en existencias frágiles y esquivas, palabras venidas de penumbras y zaguanes: décadas de procesiones y de soledades, de multitud y de orfandad, de alegrías agridulces y rostros expuestos a esa luz que desde el sol nos ilumina y nos ciega.
Bardo de las bardas
“Los pendejos no opinan”.
Adrián Rodríguez
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