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Abel Pérez Rojas
Abel Pérez Rojas
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Abel Pérez Rojas / [email protected] / @abelpr5 / facebook.com / abelperezrojas. Es poeta, comunicador y doctor en Educación Permanente. Dirige Sabersinfin.com.

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23 Enero 2018 04:00:00
Los problemas son para resolverlos, no para evadirlos
Frecuentemente rehuimos a los problemas, evadimos enfrentarlos y resolverlos porque la preocupación y la angustia nos paralizan; pero ese tipo de cuestiones son para vivirse, para aprender, para afrontarlas y salir adelante, porque de lo contrario perdemos tiempo que se traduce en cierta agonía lenta.

En ese trance se nos van momentos valiosos de la vida que no tienen retorno, resolver los problemas es una forma de tomar las riendas de nuestra existencia y asumirse como seres humanos en la extensión de la palabra.

Pero, vale la pena tener presente que todo aquello que se considera un problema pasó por etapas de gestación, desarrollo y cierto florecimiento que lo puede hacer insoportable.

Esto quiere decir que cuando va creciendo un problema tenemos en nuestras manos la coyuntura de ponerle un alto, de resolverlo o bien de asumirlo racionalmente de otra manera –porque no debemos olvidar que los problemas son problemas en el momento que los aceptamos como tales–.

Los problemas en gran medida se deben a nuestra inmovilidad frente a las cosas, claro que no se trata de actuar impulsivamente, de lo que se trata es de no dejar crecer aquello que podemos detener o modificar oportunamente.

En torno a lo que le vengo compartiendo es oportuna aquella actitud sintetizada en la frase: “just do it” (sólo hazlo).

Haz lo que tengas que hacer, pero hazlo porque no hay peor situación que quedarse estáticos –no confundir con la actitud de quietud/serenidad proveniente de la armonía y la paz–.

Quedarse paralizados y ajenos a lo que está sucediendo no nos lleva a ningún lado y sí origina preocupación.

A propósito de todo esto le comparto un breve cuento budista titulado El Problema (tomado de hermandadblanca.org):

“Un gran maestro y un guardián compartían la administración de un monasterio zen. Cierto día el guardián murió, y había que sustituirlo. El gran maestro reunió a todos sus discípulos, para escoger a quien tendría ese honor.

– “Voy a presentarles un problema” –dijo–. “Aquel que lo resuelva primero será el nuevo guardián del templo”.

Trajo al centro de la sala un banco, puso sobre éste un enorme y hermoso florero de porcelana con una hermosa rosa roja y señaló:

– “Este es el problema”.

Los discípulos contemplaban perplejos lo que veían: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y elegancia de la flor… ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál era el enigma? Todos estaban paralizados.

Después de algunos minutos, un alumno se levantó, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el jarrón con determinación, lo tiró al suelo y lo rompió.

–“Usted es el nuevo guardián –le dijo el gran maestro, y explicó–: “Yo fui muy claro, les dije que estaban delante de un problema. No importa qué tan bellos y fascinantes sean, los problemas tienen que ser resueltos”.

Por supuesto, el cuento anterior no se trata de un juego de palabras ni es una cuestión de doble sentido para ver el pensamiento lógico racional de los actores, de lo que se trata es de la actitud asumida para poner un alto a lo que consideramos un problema, por aquello de que si dejamos crecer las situaciones, tarde o temprano todo ese tiempo y magnitud de lo que se trate se revertirá en nuestra contra.

Los trances tornados en problemas son ocasiones que nos sacan de nuestra comodidad, que nos colocan en posiciones nuevas y que pueden revertirse hacia nosotros, pero sobre todo que nos roban vida si no sabemos canalizar acertadamente nuestra acción, por ello es preferible encararlos siempre buscando el momento oportuno, y oportunamente nunca es tarde, porque para ese entonces ya nos robó la paz y tranquilidad, es decir, parte de lo que es nuestra vida.

Recuerde: sólo hágalo oportunamente… ¡pero hágalo!

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