5 lecturas





Fue a principios de los noventa cuando ciertas galerías oficiales pusieron de moda respaldar las exposiciones de plástica con un discurso ensayístico que buscaba “explicar” la pertinencia de dichas propuestas. En un esnobista intento por “educar” al espectador, se buscaba asimismo apuntalar mediante un background filosófico o histórico la “originalidad”, la “frescura” o la “audacia” del autor. Y aunque Marcel Duchamp lo había agotado hacía más de medio siglo, hubo un término que se impuso como lugar común: la estrategia de la “apropiación”.

‘A wevo, padrino’
Desde entonces se tornó casi una regla que si ibas a exponer tu obra, algún sesudo analista tenía que avalarla con un “super choro” cuasimetafísico, donde citando autores raros ponderaba y avalaba tus pobres dibujitos. Algo similar pasó con la poesía. Si ibas a leer tus poemitas, había que invitar algún grupo a que “abriera” tu lectura, o de perdis algún performancero extraviado o un rastafari que jugara con bolas de lumbre al son de tus versos. Se habló entonces de fusión y de experimentación. Se habló, como ahora, de usar medios alternativos, de buscar otras maneras para conmocionar al
público.

Alarido
No quisiera verme en el triste espejo de esos viejos escritores que se quejan con amargura de tías solteronas sobre las nuevas generaciones, lamentando tiempos pasados y mejores donde se le cantaba a la cajeta de membrillo y odas a la Sierra de Arteaga. Sin embargo, me atrevo a sostener que la experimentación se convirtió en un pretexto de facilismo y comodidad, que muy pronto el riesgo se convirtió en una autopista asfaltada de autocomplacencia. Se cambió el trabajo arduo por la condescendencia. Y fue el reinado de la ocurrencia. Y se valió de todo; desde leer malos poemas a cargo de un autor enmascarado, hasta raparse en público mientras convertías una sesión digna de sicoterapia en una sesión de multimedia.

Raros peinados nuevos
Y entonces los poemas necesitaron del video para poder leerse. Y los narradores precisaron de un conjunto norteño para leerle al público. Y los pintores, de un ensayista que los apadrinara. Y los fotógrafos de un dibujante. Y los dibujantes dejaron de dibujar. Grababan dibujos invisibles, o como su santón Gabriel Orozco, vendían caras cajas vacías. Y todos hablaron de ruptura. De irreverencia. De sarcasmo. Como si jugando al eterno adolescente se llegara a algún lugar. Y todos aspiraron al supremo título de El Bromista de la Ciudad. Y el intelectual se convirtió en una suerte de showman, de entertainer. Una mezcla de Cantinflas y Fred Astaire. Como Alfonso Zayas y Luis de Alba discutiendo a Cioran.

Rumba sin rumbo
Y todos querían desacralizar, sin atreverse antes a la experiencia callada de lo sagrado. Y todos sabían de arte. Eruditos de veintitantos años. Lo más triste es que en este ánimo de vanguardia todos quisieron trasgredir y casi nadie planteó una ruptura. Y la vanguardia se volvió otra máscara del conservadurismo.

Nadie se animó a ser revolucionario desde la tradición. Hablo de rupturas como la de Daniel Sada en la narrativa, o como la de Lezama en la pintura. Ahora nadie quiere escribir versos medidos, o poemas que no necesiten un video detrás amparándolos. Nadie quiere narrar fuera de los tiempos fragmentados. Nadie quiere versos sin musicalizar. Nadie quiere dibujar sin un sesudo crítico que despliegue las estupideces para parecer interesante o profundo. Todos aspiran al efectismo “tarantinesco”.

Inmerso en la superstición de “lo nuevo”, el artista promedio de hoy vive como si no hubiera un pasado reciente, menos una tradición detrás de sus días.

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