Dijo el secretario Lujambio que “queremos convencer a los jóvenes, a la sociedad en su conjunto, que los valores sí valen, que los valores cuentan, que la puntualidad, la cultura de hacer bien las cosas, la responsabilidad, la honradez, la solidaridad y la tolerancia ante la diversidad son importantes”. Explicó que el objetivo es discutir si los valores que se transmiten en el sistema educativo mexicano son suficientes o no para el México del siglo 21. Y subrayó que su idea es poner “de moda los valores y creo (dijo) que la mejor manera de hacerlo es discutirlo ampliamente con toda la sociedad”.
Pero los valores se enseñan con el ejemplo, pues ya sabemos que eso de que “hacer lo que digo, no lo que hago” no funciona en la enseñanza activa de los valores. ¿Qué va a hacer el buen secretario Lujambio con sus colegas, como el secretario de Desarrollo Social, Heriberto Félix Guerra, cuando miente flagrantemente al decir que “en todos los desastres naturales se ha dado la coordinación con los gobiernos de los estados, se ha salido adelante y han sido en entidades donde gobierna el PRI, porque se ha trabajado sin tocar partido”? Y este es sólo un botón de muestra, un mugido más.
Las preguntas que deberemos hacernos son: ¿Qué hace que un servidor público ser amable o descortés? ¿Qué elementos permiten que pueda brindar una atención de calidad, o por el contrario, ser prepotente o desatento? Es decir, ¿a qué escuela deberemos reclamarles por estas personas, por su falta de valores, por su carencia de sensibilidad social? ¿De qué manera convencerá el secretario Lujambio a sus colegas para que asuman la necesidad de formar en sí mismos los valores que “sí valen”?
Las respuestas no son sencillas y tienen que ver, en primer lugar, con cuestiones internas de la personalidad y, en segundo lugar, con los mecanismos institucionales de selección al puesto. En la persona, la vocación de servicio, la capacidad de atención a las necesidades sociales y la sensibilidad hacia la solución de los problemas de los demás hacen que se brinde, o no, atención de calidad. La amabilidad tiene que ver con la capacidad de tolerancia a la frustración que se tenga en el manejo de los propios conflictos y las cargas de angustia, porque normalmente se proyecta la angustia hacia los demás para disminuirla en sí mismo. Esto quiere decir que la mayor parte de los malos tratos de los servidores públicos son porque no se está pudiendo manejar el factor de angustia y entonces se descarga en el usuario, a veces con dramáticas consecuencias. Valores necesarios de aprender ahora, sin duda.
Por otra parte, la prepotencia es una manifestación del complejo de inferioridad que se trata de compensar con actitudes de superioridad hacia los demás. Por eso, los puestos que tengan que ver con atención al público deberían ser ocupados por quienes tengan características adecuadas, pues no todas las personas pueden ser útiles para personificar la cara pública de los gobiernos, que finalmente es lo que primero juzgamos al evaluarlo ¿A qué escuela deberemos mandar al prepotente?
No podemos quedarnos con los brazos cruzados y esperando que el señor Lujambio haga algo, que nos lleguen programas preparados por personas o grupos que no necesariamente conocen nuestra realidad o que nos preparen recetas que están destinadas al fracaso por ignorar nuestra dinámica social concreta. Los valores no son el resultado de una información pasiva, mecánica, ni tampoco actitudes que se aprenden sin significado para la persona. Los nuevos problemas de la sociedad se deben combatir con una nueva manera de educar en los valores, y en esa educación entramos todos. Y si el problema se refiere a los valores, analicemos los que nosotros mismos hemos asumido. Tenemos la responsabilidad en nuestras manos de hacer un mundo mejor para nuestros hijos. Pero sin engaños, que eso al final no vale.
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