Con tristeza hay que reconocer que no sólo los tiempos han cambiado, sino la conducta de las personas y no precisamente para mejorar.

La educación, sin duda, viene desde la casa al ser los padres los primeros educadores que el niño conoce. Sin que nos sorprenda del todo tenemos que aceptar que las reglas sociales han ido cambiando y esto se debe al relajarse la disciplina desde el hogar.

Quizás no quisimos darnos cuenta del drástico cambio que se avecinaba al ir “soltando la rienda”, es decir, no solamente se fue relajando la disciplina, sino que los valores se fueron modificando peligrosamente hasta el punto de poner en riesgo la estabilidad tanto en los hogares como en los planteles y en la sociedad.

Los valores, hay que entenderlo, no constituyen una moda, mucho menos deben verse como algo que pertenece a otra época, a otras generaciones. No son cosa del pasado. Quizás se pretendió “jubilarlos” como se propone hacerlo hoy con la ortografía; es decir, que cada quien se comporte y haga lo que quiera.

Y ahí ha estado el error. Una generación de jóvenes, de niños, sufriendo las consecuencias porque en los hogares no se supo ejercer disciplina en la formación de los hijos ni practicado los valores más esenciales para la convivencia en sociedad.

Un valor tan importante como necesario y que se ha ido perdiendo para deterioro tanto en el seno familiar como en sociedad, es el respeto; fundamental en las relaciones humanas. La falta de respeto de hijos hacia sus padres es una muestra clara de que en casa falló la formación, la educación.

El exceso de contemplaciones, el ver correcto lo que no lo es, el no saber o no querer imponer disciplina, ha contribuido al deterioro de los valores.

Es lamentable, pero corresponde tristemente a la realidad, ver a jovencitos –ellas y ellos- utilizar un vocabulario soez y denigrante; se expresan con tanta naturalidad y se faltan al respeto con facilidad porque no hubo corrección en sus hogares. Quizás los padres no se dan cuenta o pretenden ignorar que sus hijos son el reflejo de ellos, de la educación que se ha ofrecido en el hogar.

Un mal comportamiento en los niños y jóvenes deja mucho que desear, pero también pone en evidencia al padre o a la madre; eso debemos entenderlo y aceptarlo. De nada sirve a una familia pagar colegios caros –en ocasiones con grandes sacrificios- mismos que pueden brindar instrucción de calidad, si lo principal, la educación, la enseñanza de valores se olvida.

Hace unos días, un par de niños me mostró la cara amable de la educación, de la buena educación; al entrar a una tienda de conveniencia uno de ellos abrió la puerta y sonriente me dio el paso; agradecí la atención ante la actitud amable de esos niños, ya que pocas veces se ve no digamos en menores sino en los mismos adultos que pasan y sueltan la puerta sin fijarse quién va detrás. ¡Qué bonitos niños! pensé; sin duda es el trabajo de papá y mamá en casa. Los pequeños detalles suelen mostrar también grandes enseñanzas. Por eso afirmo que los valores y principios que nos acompañaron por generaciones, no deben desaparecer; por el contrario, deben ser rescatados para continuar transmitiéndose desde el hogar, como un sello distintivo que tienda a mejorar las relaciones humanas.

Existen muchísimas personas de todas las edades con grandes valores, por lo que no se debe bajar la guardia en los hogares y fomentar día con día la práctica de ellos que nos permita convivir mejor, en los centros de estudio, en el trabajo, en sociedad. El tiempo que se dedique a convivir en familia, es un tiempo precioso y valioso y hay que hacerlo con calidad.

No debemos de ninguna manera someternos a los dictados de ciertas modas, que como tales, son pasajeras y efímeras, conductas que en el caso de la enseñanza pueden causar un daño irreversible.

Permitir que los hijos crezcan adoptando costumbres adversas a nuestras creencias, sería un error muy grave. Los niños no deben crecer al “ahí se va”, por el contrario hay que guiarlos, educarlos con los valores de nuestros abuelos, de nuestros padres; con la misma disciplina –tal vez no tan rígida- pero sí con energía, con amor. Hay que enseñar y poner en práctica lo aprendido para no olvidarlo. Constancia y perseverancia es la clave.

Como a los árboles, al ser humano hay que guiarlo, dirigirlo pero desde muy pequeño. De no hacerlo, difícil será lograr enderezarlos. Todo a buen tiempo para lograr óptimos resultados.

No es fácil la tarea, pero bien vale la pena intentarlo; padres de familia en el hogar y los maestros, en su centro de estudios. Un binomio que dio muy buenos resultados con otras generaciones ¿por qué no intentarlo de nuevo?


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