En lugar del ejército prometido, Catarino llegó el 20 de noviembre con 10 hombres mal armados, por lo que se optó por volver a Estados Unidos a refugiarse en la ciudad de Nueva Orleáns.
El 20 de noviembre era importante para Madero, porque en su proclama revolucionaria había sido marcada como inicio de la rebelión en contra del gobierno de Porfirio Díaz, que acababa de ser reelecto Presidente de la República en unas elecciones abiertamente fraudulentas. Esta proclama revolucionaria, llamada Plan de San Luis, se había escrito en San Antonio los primeros días de noviembre, pero se fechó como si hubiera sido emitida el 5 de octubre, para evitar la aplicación de las leyes de neutralidad vigentes entre México y Estados Unidos, y llamaba a la insurrección armada como única vía de solución al estado de ilegalidad constitucional en el que se vivía en ese momento.
Pero ¿cómo llegó Madero, siendo un hombre pacífico, a pensar que la sublevación era la única salida? Porque consideró que no había posibilidades de negociación con el régimen porfirista, estando éste cerrado a cualquier clase de diálogo con la oposición. Porque Díaz no negociaba. Mataba en caliente.
Porfirio Díaz, general del Ejército Mexicano, prócer grande de la nación, ángel que en ese año todavía estaba lleno de luz y que por su soberbia fue arrojado a las sombras, al abismo del olvido, por un movimiento popular que, aun cuando había establecido desde hacía años las condiciones objetivas para darse, ésas que empiezan cuando se desbordan la opresión y la miseria, no logró sino hasta el 20 de noviembre de 1910 conjuntar las condiciones objetivas con las subjetivas, psicológicas.
Las actitudes de desprecio a la oposición de Díaz ocasionaron, en los más de 10 años que duró el conflicto revolucionario y sus secuelas, una cifra superior al millón de mexicanos muertos y la economía destruida.
Inspirado en el modelo europeo, con “orden y progreso” quiso modernizar a su patria y, entre muchas cosas, tendió una gran cantidad de vías férreas para que con ellas empezara la modernización del país y con ellas fue derrotado en los combates que vinieron después.
Nos preguntamos: ¿Se pudo haber evitado la Revolución Mexicana? ¿Qué hubiera pasado si el presidente Díaz, junto a su gabinete, se hubiese sentado, ese 20 de noviembre, a elaborar un análisis serio de la situación política, económica, social y actitudinal en la que estaban los diferentes estratos y clases del pueblo mexicano?
Seguramente que con el análisis objetivo de los diversos escenarios hubieran preferido negociar y pasar el poder de una manera ordenada y tranquila, evitándonos un retroceso de muchísimos años y una pérdida dolorosa de vidas.
En uno de los últimos libros escritos en homenaje al dictador, “Díaz y México”, publicado por Cornyn en abril de 1910, dice el autor que “Díaz ha enseñado al lobo a vivir tan pacíficamente con el cordero como si no mediara entre ellos la menor antipatía”. Y sucede que un 20 de noviembre el cordero se comió al lobo.
Díaz quería realmente a México, pero a ese que él había imaginado, no al que tenía en realidad entre las manos y por ello tuvo que retirarse y se fue.
Tal vez sea tiempo de que lo hagamos volver, ni ángel ni demonio, sino estadista que falló por ignorancia y que acertó por intuición. Es hora que conozcamos al hombre real, al hombre cuyos sueños produjeron monstruos, porque fueron los sueños de un solo hombre, no los de toda la nación.
Y es hora también de que le demos su verdadero lugar a Francisco I. Madero, adelantado a su época, que vislumbró un tiempo que no alcanzó a ver por su ingenuidad de hombre bueno, pero que ayudó, como nadie, a construirlo.
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