Sopla un viento con tierra esta tarde amarilla en que entro por primera vez al panteón.

Mazapil es un pueblo que poco a poco muere también. Ya son más de 60 años desde que te trajeron aquí. Nunca he visto tu rostro. Pero creo conocerlo. Mi padre ha contado de fotografías, postales hoy perdidas donde imagino tu cara con un gesto duro y a la vez dulce. Fotos verdosas que revelan el resplandor de tus 20 años, recién graduada como maestra normalista. Tengo 35 años y soy más viejo que tú en esas fotos que nunca he visto y que llevo en la memoria.

Son tiempos duros, abuela; ásperos como los cerros de Zacatecas que elegiste para ejercer tu magisterio. “Providencia”, “Salaverna”, “Nochebuena”, “Cedros”, “Novillos”, “Terminal”: son nombres que suenan en la memoria de nuestra sangre con un eco áspero y familiar.

Por esas veredas anduviste en años de la expropiación petrolera, madre sola, con tu hilera de chiquillos bajo el sol, librando tu batalla silenciosa entre el polvo. Dice mi padre que tu valentía era como una casa. Casa que era al mismo tiempo un aula en una loma del pueblo minero de “Novillos”. Un edificio de muros gruesos y tibios. Una casa que reconocí en la imagen de mis sueños cuando hace años pude viajar con mi padre a la ruina de lo que fue tu escuela. Ahí, entre esas paredes ahumadas y rotas, imaginé tu magisterio de soledad y espinas. Tus lecturas febriles al calor de una chimenea alimentada con olotes. Tus hijos cobijados de la tempestad bajo tu ala junto a niños morenos que deletreaban por primera vez palabras como “mesa”, “árbol” y “mamá” bajo el águila bordada en la bandera de tu salón.

Eran años difíciles también cuando te fuiste. De guerra y racionamiento. Tiempos duros para una mujer sola con cuatro hijos e ideas propias, arrojada por elección a la quimera de educar niños en el desierto. Mi padre cuenta que fue por tiempos de Navidad. A lo largo de mi vida, he sentido una doble orfandad; la suya y la mía; construyéndote a pedazos en los dichos de mi viejo.

Un hombre áspero y malhablado al que se le ablandan los ojos y su voz de caverna cuando recuerda un viaje contigo: un niño orinando de madrugada las ruedas de un tren detenido que iba hacia Guanajuato; o la vez que de noche lo despertaste para planear frente a sus ojos soñolientos un pequeño avión de plomo que le habías traído de un pueblo lejano.

Ahora soy maestro, abuela, y aunque es casi un siglo que empezó la enorme tarea de abatir la ignorancia en nuestro país, el trabajo aún no termina. A veces me desespero, y el desaliento es como un perro que ladra en el páramo de mis sueños. Y las líneas de mi boca forman un paréntesis, como si llevara los labios atrapados en una pausa proverbial, un mayúsculo paréntesis de silencio. Un silencio roto a duras penas por el inútil fervor de la cátedra. Pero luego pienso en tus años respirando el gis, en tu entrega como una coraza. Una armadura alumbrada por dentro con un tibio fuego.

En mi padre huérfano. En tu imagen guiándolo a través del abismo como un estandarte.

Y aquel día en tu salón, en esa pared cansada, cuando toqué tu pizarrón estrellado -un rectángulo de cemento pulido- y lo que me transmitió su tacto: rostros de niños iluminados por el fulgor de las palabras; lecturas en voz alta que se desgranaban como un rumor de hierba mecida por el viento; atardeceres imposibles y el resplandor eterno de tu entereza.

Me dijeron que al morir aquel diciembre de 1943 tus amigos te trajeron aquí, y por más que busco no encuentro el sitio de tu descanso. Pero tu voz viene a tocarme, como esas manos que acomodan la manta en la madrugada de un infante, o el tibio resplandor del sol acariciando a un hombre que murmura solo entre las tumbas.

Fuiste la rama sola, la rama más fuerte de nuestro árbol. Soy lento y desesperado, pero intento aprender tu paciencia y tu fuerza, aunque sea un poco, abuela Aurelia.
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