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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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23 Noviembre 2016 04:00:00
Maíz y barro
Estamos hechos con granos de maíz, no con madera ni con barro, en realidad venimos de una estirpe que huele a Dios.

Ni ciencia ni religión tiene este pensamiento, es sólo el resultado de acercarme a esas personas que han sido capaces de resguardar su naturaleza de las erupciones de urbanidad; su esencia fosilizó además de una imagen cristalina cierto olor a pasado vivo que es nuestro origen.

Todos venimos del campo. Si vamos atrás en el árbol genealógico, seguro hay un bisabuelo o tío entenado con aliento a manzana o petróleo. Así eran mis abuelos: Felipe emanaba efluvios de frutas y Teodora impregnaba su vida con regustos de combustible amargo.

Algunos seres vivos recibieron por herencia los aromas. Los hombres del campo son los hombres de maíz y cuando se les apronta exhiben el arraigo de su piel con la trayectoria de su vida.

Si dejamos abiertos los sentidos, podremos descubrir a qué huelen los hombres del campo. Pero hablo de ésos que son extensión de un surco, brazo de ciruelo y escurrimiento de granizos imprevistos. Los verdaderos hombres de campo se reconocen por un gesto adusto para lidiar con el sol del mediodía y su mirada también despide ciertos vapores de añoranza que impregnan los espacios pequeños en donde se resguardan del campo interminable.

Si queremos saber a qué huelen estos señores, los reconoceremos porque se dejan abrazar por su contexto, permiten que la tierra los habite y sus manos son dueñas de los mapas temporales dibujados por la resignación ante un ser infinito que cada día les marca las veredas correctas por deben transitar sin hacer muchas preguntas.

Cuando alguien los arranca de su sitio, traen consigo una fragancia ajena al asfalto y la carencia, no se separan nunca de aquello con que están construidos y no pueden callar, ni a gritos, su lugar de origen. Pero nosotros no lo entendemos, los dibujamos como seres secundarios, descuidados, faltos de afeites, demasiado naturales como para no ser descarados.

Los hombres del campo, los hombres de maíz, huelen a leche agria, a humo y a sudor de surco; huelen a tierra roja que se pega cuando está mojada, a rescoldos de ocote, a diez tanques perforados con talache, a establo y a cuajada sin sal; están vestidos con el humor de un becerro recién nacido, de un perro callejero y unos cinco pollos andando por el patio con sus madres búlicas.

No, no es difícil reconocer a un señor de éstos.

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