Quienes trabajan a su lado, quienes viven el día a día del quehacer oficial, lo describen como un ejecutivo comprometido, atento hasta la obsesión sobre los problemas de seguridad, con mano firme para exigir resultados a sus colaboradores.
Pero sus críticos-y los hay sobre todo en clase media alta -lo describen como un playboy, desenfadado y que presta atención mínima a su responsabilidad. Rodeado de compadres voraces y apoyado en un equipo que nada más no da resultados.
Lo más probable es que la realidad se encuentra en la media distancia entre ambas perspectivas. Le va tomando la medida al puesto, ha crecido como ejecutivo y, sí, le dedica atención extremada a las políticas de seguridad.
Pero la distorsión en la imagen parece sencillamente un problema de comunicación social: Lleva cuatro directores de Comunicación y quizá ya va por un quinto. Y ninguno ha logrado transmitir a la comunidad la imagen verídica de su desempeño.
Lo que sí han hecho es irritar a los ciudadanos con un torrente de melcocha publicitaria, que pretende sustituir la información más o menos objetiva de los medios.
En la reorganización obligada del Gabinete, con un nuevo secretario general de Gobierno, quizá se organice con más efectividad esa herramienta vital para el buen gobierno: La comunicación con los gobernados.
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