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La baja generalizada de los mandatarios, el federal y los estatales, en cuanto a sus niveles de aprobación, mostró no sólo el talante de los mismos -algunos desdeñaron las cifras y otros las asimilaron con reservas sin que ninguno se permitiera el menor ejercicio de autocrítica-, sino igualmente la capacidad de reacción de cada uno cuando las pugnas partidistas aprietan, la carrera por la sucesión presidencial se desata y los gobiernos, en su mayoría, no ofrecen resultados, más bien optan por la verborrea y el consiguiente manejo manipulador de las estadísticas.

Por ejemplo, Felipe Calderón, cada vez más aislado y hastiado, optó por jugar al pulso con el presidente de Brasil, Lula da Silva, cuyo liderazgo continental ya nadie discute aun cuando desate celos en sus pares, haciendo todo tipo de comparaciones e instruyendo a sus más cercanos colaboradores para que le secunden sin el menor rubor. Comenzó asegurando que nuestro país tiene un índice criminal mucho menor al de Brasil; esto es, se cometen doce homicidios por cada cien mil habitantes mientras los amazónicos registran veinticinco, más del doble. Y el secretario de Comunicaciones, Juan Molinar Horcasitas, fue a más al sentenciar que México “no vende zamba” para degradar así las ofertas de los sudamericanos en auge.

La envidia nunca ha sido buena consejera. Peor cuando se trata de diferendos soterrados entre mandatarios nacionales. ¿Para qué señalar, como lo hizo Calderón en Mérida hace unos días, el hecho de que los brasileños se lleven “la Copa y los Juegos Olímpicos”? ¿Acaso sopesa que la designación de la sede deportiva para los dos mayores torneos deportivos del mundo es, en sí, un aval indiscutible de la comunidad internacional a la administración de Lula y, por ende, al concepto de “izquierda responsable” que puede brotar también entre nosotros como una nueva opción política? En el fondo, desde luego, la mediocridad se enquista, lastimosamente, ante el éxito ajeno.

Brasil está de moda en el mundo gracias a su solvencia económica y su capacidad para crear infraestructura aun cuando arrastre, lo mismo que en México, el flagelo de la pobreza. Lula ha prometido ya que las depauperadas “favelas”, donde se concentran los niños de la calle y las familias de la marginación, habrán de desaparecer del escenario de Río de Janeiro cuando lleguen los aros olímpicos. Un compromiso en el que se percibe cierto tufo demagógico pero sobre el cual no podemos adelantar juicios.

México, en cambio, está de moda no sólo por los azotes contra la salud y los consiguientes desvaríos oficiales que nos dieron fama como el moderno “valle de los leprosos”, sino por la creciente, imparable violencia que es efecto, sobre todo, de la infiltración perversa de los cuadros oficiales por parte de las mafias organizadas. Pese a ello, y esto plantea una serie de lecturas adicionales, no han descendido las inversiones del exterior aun cuando la fuga de divisas haya profundizado la crisis recesiva al punto de que nuestro país fue el último país latinoamericano en salir del atolladero con una de las economías más golpeadas en el planeta.

No hay paralelismo posible. Tampoco respecto a los detonantes criminales. Lo que en Brasil es consecuencia de la miseria colocada ante el espejismo de la abundancia, en México es efecto de la corrupción que genera el ansia por el dinero fácil y el consiguiente dominio territorial de las mafias y la guerra entre ellas. Y mal hacen los voceros oficiales al pretender una justificación oteando hacia las perspectivas ajenas, traicionando con ello las buenas maneras diplomáticas además, sin capacidad para resolver cuanto sucede en su entorno. El sofisma no puede ser peor: Si al vecino le va peor que a nosotros, estamos bien.

Si el señor Calderón fuera coherente, no miraría hacia la reelección con la que los mandamases centro y sudamericanos se perpetúan al sentirse indispensables -lo mismo Lula que Daniel Ortega o los esposos Kirchner, pasando por los enconados Álvaro Uribe y Hugo Chávez-, justificándola como una moda continental a la que los mexicanos debiéramos sumarnos. Al contrario, haría comparaciones para registrar que gracias al principio revolucionario de la “no reelección” pudieron frenarse los caudillajes y con ellos el espíritu golpista cuyos saldos sangrientos fueron brutales.

Pero, como suele suceder, el mandatario en funciones sólo percibe y asienta cuanto conviene a su plan justificatorio, y como tal paralizante, en medio de las bataholas regionales que supeditan la actividad política a los intereses de los cárteles en buena parte de las entidades federales. Por ello no son pocos quienes aseguran que un candidato con posibilidades de vencer, en las entidades listas a renovar gubernaturas este año, debe pasar, primero, ante los “capos”.
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