A la actual Legislatura federal –en número la 61– le restan casi nueve meses, pero ya tiene asegurado un lugar en la historia. No por sus resultados, sino por el récord de papelones dignos de un tratado de cómo perder el tiempo, eliminar las buenas formas, bloquear a un país y degradar la democracia. Los “borrachazos”, “noroñazos”, “botanazos” y “reformazos” son ya parte de un lenguaje que refleja con fidelidad la actuación de los diputados y los senadores, salvo honrosas excepciones.

Ciento sesenta y cuatro años después de su onceava presidencia, la máxima de Antonio López de Santa Anna, inspirada en sus ambiciones políticas, se cumple con rigor científico sólo equiparable a sus convicciones políticas: “Mientras tengamos Congreso, no hay progreso”. Luego de casi dos siglos de sangriento y parsimonioso avance democrático, la historia parece no sólo haberse congelado en el tiempo, sino que empieza a dar señales inequívocas de retroceso.

El “cambio”, que hace una década se ponderó como el inicio del desarrollo político del país, en el Congreso de la Unión también resultó un fiasco. En lugar de erigirse en poder funcional, útil para la sociedad, ya sin el yugo presidencial de 70 años, el pluralismo político sirvió para que ambas cámaras –sobre todo la de Diputados– se convirtieran en carpa.

Obnubilados por el futurismo, los legisladores, con Emilio Chuayffet en funciones de jefe de orquesta, prefieren el estancamiento. Pospusieron las reformas que el país requiere para crecer a un ritmo acelerado y responder a demandas nuevas y seculares. Para evadir los costos de oponerse a ellas, optan por el discurso políticamente correcto hacia afuera y una estrategia electoral hacia dentro.

Así, mientras no están en competencia por la autoría de las propuestas más lucidoras, las bancadas del PRI, el PAN y el PRD mutilan iniciativas y se las pasan de una cámara a la otra, hasta que los dictámenes terminan con las formas de un Frankenstein legislativo, que tarde o temprano se levantará contra la misma partitocracia que lo creó.

El fracaso de las reformas energética, fiscal y a últimas fechas la política, demuestra que los legisladores responden más a intereses partidarios que ciudadanos. Incluso ni siquiera eso, pues las pugnas de los partidos también se dirimen en el Congreso, donde los diputados desaprueban lo que aprueban los senadores de su mismo partido y viceversa.

Acción Nacional tardó 10 años en cumplir su promesa de impulsar mecanismos de participación ciudadana y equilibrio de poderes. Reaccionó al percatarse de que sus días en Los Pinos podrían estar contados. Hoy paga el costo de presionar por una reforma política en medio de un proceso electoral. El PRI, por su parte, se siente con un pie en la Presidencia y no desea arriesgar demasiado con reformas que le cuesten en las urnas.

Lo que le pueden cobrar, en todo caso, es su inacción. La izquierda se une para la foto y para ganar adeptos, pero no deja de usar porros como Fernández Noroña, cercanísimo del ahora pacifista López Obrador, para insultar, injuriar y difamar. ¿Y la ciudadanía? Presa de los partidos que agostan al país y cada vez más alejada de la política que veda su acceso a la toma de decisiones.

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