Sólo así, con disciplina y esfuerzo individual, primero, colectivo después, es como pueden derribarse los estereotipos. El país tiene millones de medallistas anónimos: en las calles, las oficinas, las fábricas, los despachos, las universidades, el campo, la literatura y el deporte mismo. Son los mexicanos que mantienen al país en pie, a pesar de las adversidades cotidianas y la escalada de violencia –diaria también– que siega vidas inocentes, valiosas, queridas.
En esos ejércitos está el cambio real que todavía no llega por las urnas, mientras evadamos nuestras responsabilidades ciudadanas y permitamos que los pícaros gobiernen. El mensaje de Vargas, García, los atletas de los Panamericanos –sobre todo las mujeres– y de las legiones que no aparecen en los medios de comunicación porque “no son de alto impacto”, es que las soluciones no deben esperarse del gobierno ni de los partidos. Menos aún del Congreso, convertido primero en besamanos y luego en circo.
El paternalismo, convertido hoy en clientelismo electoral, debe sacudirse, sepultarse, repudiarse para liberar y desarrollar las energías, cualidades y capacidades de cada persona. Lo mismo que en la ópera, el beisbol, el atletismo y otras disciplinas deportivas, muchos mexicanos triunfan en las ciencias y las artes, dentro y fuera del país, gracias a su esfuerzo, tenacidad y disciplina. No porque no requieran apoyo oficial y privado, sino porque casi siempre se les regatea.
El Gobierno, cuando interviene, estorba o echa a perder lo que toca. Y las grandes corporaciones prefieren gastar en la estrella del momento –también con méritos, como “El Chicharito” y otros de moda a los que terminan por volver odiosos– para incrementar sus ganancias. No se fijan en las constelaciones que pueblan el firmamento nacional. Y para ejemplo, los medallistas panamericanos. México es una potencia, pero mientras no despierte –o sólo algunos, los que triunfan, abran los ojos– permanecerá ajeno a esa realidad tangible.
El temor de los políticos es justamente ese. Que la sociedad diga “hasta aquí” y los eche fuera –no tanto como a Gadafi, aunque el ambiente de algunos de ellos sean también las alcantarillas–, no sólo con su voto, sino con el ejercicio diario, constante, permanente, irrenunciable, de su calidad de ciudadanos libres, con derechos.
Ese es el camino para estar a la altura de los mexicanos que honran a su país, sobre todo en el exterior. México no es un país pobre ni mediocre. Los anodinos son los políticos que viven de los pobres y actúan como payasos (Fernández Noroña y miles de su tipo). México será otro, el día que se les deje de aplaudir.
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