Aquella nación era mucho más simple que la actual. Junto al avance social, la imagen del maestro fue perdiendo su figura de héroe en una sociedad que se diversificó tanto, que el maestro, de ser tan respetado pasó a ser menos respetable, más criticado y mucho menos comprendido y admirado. De ser el gran facilitador cultural y promotor del conocimiento pasó a ser un simple trabajador asalariado más. Pero su función esencial sigue vigente en nuestro tiempo. Sin las maestras y los maestros no tendríamos los mismos conocimientos ni ejemplos. Con los maestros estamos en contacto muy particular y directo, día a día, por lo menos 11 años del total de nuestra vida. Así que es todavía la profesión que más influye en la formación del mexicano moderno.
Aun cuando el maestro sigue conservando una enorme fuerza social, tiene gran cantidad de detractores, sobre todo en la clase política dominante actual. Hace algunos años, en el 2007 para ser más exactos, se dio a conocer una encuesta elaborada por las secretarías de Educación Pública y de Seguridad Pública federales, basada en una muestra mal construida y poco representativa de 900 escuelas en varios estados del país, con la que quisieron manipular a la opinión pública fabricando una imagen denigrante de los profesores, con cifras alarmantes. Como ejemplo, cita este estudio que en algunos de estos estados, “una cantidad preocupante de profesores” llegaban alcoholizados al salón de clases o bajo el efecto de alguna droga (16% y 4.5%, en Quintana Roo). Y tuvieron eco en algunos sectores de la población. La imagen pública de los maestros que han venido proyectando no es ya la del apóstol de la cultura, de los hombres y mujeres con la vocación y entrega que tenían en el pasado. Se les ha querido ver como una especie de tramposo social cargado de gran cantidad de pequeños defectos y con esa imagen sus detractores, preocupados por la fuerza y el respeto social que aún conservan, quieren eliminarlos, sin tener conciencia de que golpeando a los profesores lastiman también a la institución educativa.
Con ello, hacen que la profesión de maestro sea cada vez más difícil. Según estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, la OCDE, los profesores ganan en México la mitad del salario que los docentes de los países desarrollados y además atienden a casi el doble de estudiantes. Y además, según investigaciones de la Organización Internacional del Trabajo, nuestros profesores están siendo objeto de violencia verbal y física en los centros de trabajo y en el entorno escolar, lo que, dice esta prestigiosa organización, ha hecho que la profesión magisterial esté siendo reconocida como de alto riesgo, con indicadores clínicos de estrés grave en más de 50% de los docentes. Y aun así siguen cumpliendo su labor con altruismo y dedicación.
Los profesores y las profesoras son, aún y aunque les pese, la cara pública del conocimiento y la cultura. Poco a poco su perfil social está cambiando, se moderniza y se adapta a las nuevas exigencias de los tiempos. Ahora, son profesionales que han ido profundizando el dominio de su ciencia, aunque tal vez están perdiendo la amplitud de sus saberes. Están más capacitados, se actualizan mejor que nunca antes, tienen más medios a su alcance para hacer mejor su trabajo que en ningún otro tiempo y, ciertamente, cada vez lo hacen mejor. Aunque también y por desgracia, cada vez son menos reconocidos por la sociedad, más criticados y menos valorados pero, sin dudarlo, dentro de este mundo en el que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación están dominando, la misión del profesor es fundamental e irremplazable. A pesar de que los administradores de la educación nacional, egresados de instituciones privadas, no le han facilitado su labor, los maestros siguen siendo básicos para construir el nuevo edificio social que nuestro país necesita. Sin ellos, México pierde su esencia.
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