La crisis económica cargada de pobreza y desempleo cataliza el surgimiento de un gobierno paralelo liderado por el narcotráfico y crimen organizado en nuestro país. ¿Dónde quedó el Gobierno federal durante este sexenio? ¿Cómo se desintegró? preguntan las 40 mil personas ejecutadas durante los últimos cinco años.

Enfrascado en una lucha desigual, de corte militar, sangrienta y frontal, con los narcotraficantes, Felipe Calderón perdió el control del país. Mientras los aparatos de seguridad se desfondan; los vínculos politicos de Calderón con diputados, senadores y gobernadores son intermitentes nunca estratégicos.

La permanencia de Genaro García Luna, la muerte de Juan Camilo Mouriño, el fortalecimiento de los cercanos a Calderón, y el uso del aparato de Estado para fines partidistas, confirman una tesis cual brutal metáfora: El amiguismo ligado a negocios familiares y a las elecciones de 2012 ha estado por encima de una visión de Estado de largo aliento. Felipe ha puesto los intereses personales y partidistas por encima de los intereses de la Nación.

Sus reformas, fiscal y energética fueron apabulladas por la ausencia de una política económica orientada al rescate del empleo y la capacidad adquisitiva de las grandes mayorías. Fracasaron también sus esfuerzos por paliar, ya no digamos disminuir, la pobreza milenaria que padecen 60 millones de mexicanos. Las reformas laboral y política quedaron entrampadas en dimes y diretes.

Educativamente, Calderón se ha quedó corto: Nuestros niños y jóvenes todavía ocupan el último lugar en la prueba PISA, dictaminada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que integra a México como uno de los países más industrializados del orbe.

Hoy nuestro México se debate sin conducción estratégica y firme, con desempleo y pobreza a la alza, y sin una alternativa educativa para mejorar la movilidad social y transformar el país. Por ello, este vacío de gobernabilidad calderonista es ocupado por el narcotrafico y el crimen organizado.

Qué hacer, se pregunta el mexicano común, cuando, en palabras de Eduardo Galeano, “caminar es un peligro y respirar es una hazaña. Pues quien no está preso de la necesidad está preso del miedo; unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”.

Qué hacer cuando esta realidad fragmenta y divide a las personas. Y nos hace, de nuevo Galeano, “ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos”. En suma, “estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia nuestra existencia”.

A contracorriente de los hechos, la historia nos exige hoy como mexicanos rescatar lo humano del hombre, para desvivirnos por el otro hombre, a pesar del miedo que nos paraliza. Son tiempos de amor, fraternidad y solidaridad, en el que debemos llegar con la insistencia de Ernesto Sábato, tanto al interior de nuestras familias como al exterior, “al umbral de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, para no morir en paz, domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre”.

La consigna sabatiana es clara: Nos salvaremos si, y solo sí, ponemos nuestra vida en riesgo por el otro hombre, por nuestro familiar, prójimo o nuestro vecino, por la gente en extrema necesidad. Desde ahí, insiste Sábato, encontraremos las fuerzas para superar la crisis que nos agobia. Y utilizaremos el espacio de esa grieta para renacer cada día, y nos negaremos, hasta en el acto más cotidiano, a “asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar”.

“No permitiremos que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Éstos no son hechos racionales, pero no es importante que lo sean, (finalmente) nos salvaremos por los afectos”.

Sólo así, con esta actitud ciudadana, participativa –y plena de afecto solidario– podremos anhelar para nuestro querido país lo posible imposible: Un México sin víctimas que lamentar.
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