Vi un rostro
Hablo de Rothko y de Pollock cuando hablo de Ramiro Rivera, porque al ver este trazo salvaje percibo la palpitación del colorista ruso. Colores y cicatrices.
Miro el goteo sobre las telas del monclovense y veo la pintura ocurriendo en dos tiempos paralelos; el americano apaciguando su furia en el dropping y el jazz mientras Ramiro chispea el bastidor a ritmo de Manu Chao, los Flaming Lips o una áspera norteña como libro de las mutaciones, un hombre que mira surgir nuevas devastaciones en el propio rostro: “cielo azul / cielo nublado: cielo de mi pensamiento”.
El cielo a dentelladas
Ramiro es uno de los artistas más polifacéticos que conozco: escritor y modelo, performancero y actor, pintor y futbolista, ha sabido nutrir su propuesta pictórica del sincretismo contemporáneo y volátil con una inusitada dosis de humor e inteligencia.
Joyce atribuyó a la obra de arte la cualidad de lo “inexpresable”; parpadeos que son apenas atisbos de una verdad más inescrutable. Como mirar una incandescencia de frente –los “Altos Hornos del sol”, escribió el poeta Alfredo García.
Entendida así, la pintura no es más que un pretexto para hablar de otras cosas.
Es aquí donde cobra sentido la propuesta de Ramiro. Un trabajo intuitivo, salvaje, y al mismo tiempo rebosante de fuerza.
No más jarros hechos para el consumo turista, no más magueyes en rosa pastel.
Por qué no rostros que interroguen, retratos que saquen la lengua. Caras que sangren y desafíen el látigo del cosaco. Piernas fibrosas de corredor como raíces retorcidas. Lepra de carteles devorando los muros. Vida como un rabioso jazz, grandeza que será polvo.
Las ciudades destruyen las costumbres
Estamos ante una obra construida por el hombre que camina la ciudad y se la apropia, que consume la música y se consume en ella; alguien que observa su entorno como quien respira. Lo curioso es que detrás de esta naturalidad no hay improvisación: pocos artistas asimilan sus influencias de una forma tan natural.
No obstante, ese saber no se muestra como la presunción de un pedigrí en la propia obra; pervive en la forma de un latido primordial, rupestre.
Ésta es una mirada que aspira a la pluralidad, el que devora el mundo al mirarlo.
Las gotas de pintura son migajas de Hansen y Grettel: una cartografía propia. Un rastro para no perdernos.
Esta es la crónica de una ciudad, torcida rama de frutos negros.
Una zarza que siempre arde y que de vez en cuando reverdece. Una herida que fructifica.
Y estos rostros, pétalos frágiles, sus frutos ásperos, sus cicatrices.
Bardo de las bardas
“La pintura no trata de una experiencia. Es una experiencia.”
Mark Rothko
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