El escenario es, por dondequiera que se le mire, altamente explosivo y descalifica por sí mismo las versiones de que el tema de la delincuencia se utiliza para distraer la atención del problema de la deuda. Éste ya está encausado y serán la PGR y la Fiscalía del Estado las que determinen culpabilidades y procedan según la gravedad de delitos maquinados, imposibles de cometer sin la participación de bancos inescrupulosos y ávidos de ganancias.
La deuda se disparó en seis años, pero el fenómeno del narcotráfico es de larga data. Justamente por no cerrarle el paso a tiempo, con políticas de Estado coordinadas en materia de prevención, seguridad pública y programas sociales ajenos al paternalismo y al clientelismo político, escaló hasta convertirse en la hidra a la que el gobernador Rubén Moreira se refirió en la instalación del nuevo Congreso. En la ceremonia entregó un paquete de iniciativas, algunas de ellas discutibles en su aplicación, mas no en su propósito: inhibir y disuadir el delito.
Todavía hoy se puede estar o no de acuerdo con que la sucesión gubernamental haya sido entre hermanos, pero se trata no sólo de un hecho ya consumado, sino ampliamente legitimado en las urnas, como igual la primera fuerza opositora obtuvo la mayor votación de su historia. Sin dejar a un lado la deuda y otros problemas, el tema más sensible es el de la seguridad y Moreira se comprometió, desde el principio de su campaña, a responsabilizarse de ella. Sólo que su magnitud lo rebasa, no es tarea de un solo hombre. Vaya, ni de un gobierno solo.
Por eso Moreira recurre al Gobierno federal y a los municipales, lo mismo que a la sociedad. Pues si la crisis de seguridad llegó a los extremos actuales se debe a que institucional, individual y colectivamente se quebrantaron todo tipo de principios legales y morales. La decisión de enfrentar a la delincuencia en el estado con rigor –no sólo a los cárteles de la droga, sino el secuestro, la extorsión y hasta el más, en apariencia, insignificante delito del fuero local– responde a una demanda de los coahuilenses y sería mezquino regatearle apoyo. Sobre todo, porque afecta intereses poderosos. Pero es mejor afrontarlos que evadirlos.
Rubén Moreira recibió de su hermano, que en el Gobierno lo precedió cinco años, un estado endeudado e inseguro. Le corresponde a él enderezarlo; y a la sociedad, unirse en estos momentos decisivos para el presente y el futuro de Coahuila, sin cejar en sus demandas de justicia ni dejar de exigirle cuentas a las autoridades.
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