A partir de esa hora, las luces rojas están encendidas. Nadie duda que la infanta Cristina, esposa de Urdangarín, no hubiese estado enterada de las operaciones de una organización en la que ella firmaba y apoyaba cada proyecto. Además fue evidente que la pareja pretendió blindarse hacia el futuro ante la posibilidad de que la enfermedad del rey fuese más grave o que éste optara por abdicar a favor del príncipe de Asturias quien subiría al trono como Felipe VI con todo y su Letizia plebeya. En ésta, ex periodista, recaen las sospechas sobre las “filtraciones” desde la Casa Real que asfixiaron a los duques.
Se especula si Cristina, para salvarse, tome uno de dos caminos posibles: Separarse –esto es divorciarse- de su marido como ya ocurrió con su hermana mayor, Elena, o renunciar a sus derechos dinásticos, separándose de hecho de la familia real para no infringir más daño “a la Corona”. Tal pondría la sucesión monárquica más cerca porque, de ascender Felipe al trono todavía con el pueblo español tolerante, sus hermanas dejarían de formar parte de la nueva “familia real” constreñida a la esposa e hijos del monarca y sus consortes. Nada más. Y, por supuesto, he aquí el meollo de la torpe ambición de las infantas –Elena no es ajena a la trama aunque no ha aparecido por ahora en ella-, en su desesperado intento de seguir viviendo como lo que nunca serán: Reinas.
Dos cosas deben destacarse de los acontecimientos que tienen en vilo a España entera, inmersa además en una severa crisis financiera apenas aliviada con la reciente transición y la llegada del franquista Mariano Rajoy a la presidencia del gobierno:
1.- El análisis, cada vez más altisonante, sobre la supervivencia de la monarquía habida cuenta de que comienzan a filtrarse, en sendos libros de gran tiraje, las presuntas infidelidades del Rey –algunas de ellas muy conocidas, como la larga relación con Bárbara Rey y las calenturas con Paloma San Basilio y Lady Di, además de una veintena más-... pero también de la reina a quien se observaba como una mujer inimaginable en estos trances. Con ello la presunta “ejemplaridad” que debe guardar quienes representan al Estado español cae por los suelos, e incluso los mayores defensores de Juan Carlos asumen que ha llegado el momento, cuando menos, de abdicar antes de que ni siquiera pueda cederle la corona a su vástago. Debe darse prisa para intentar prolongar unos años más la validez de una institución cada vez más simbólica que efectiva, máxime que el Borbón gobernante comienza a exhibir señales de senilidad evidentes.
2.- Una lectura positiva de los hechos es el imperio de la justicia incluso sobre los monarcas. Y aun cuando se intenta proteger, a toda costa, a la infanta Cristina, obviamente contaminada por las acciones de su marido acaso sugeridas por ella misma ante sus desencuentros con la princesa Letizia, su cuñada, y consecuentemente con su hermano, el futuro rey. Al someterse éste a la ley, como expresó, sentenció a su yerno y pudo salvar el cuello. Y esto sucede en un país en donde la mayor parte de la ciudadanía expresa su desconfianza hacia la justicia, porque las sentencias no suelen ser similares cuando se trata de imputados ricos y acusados pobres. Recientemente, el escándalo se dio en torno a una joven violada y asesinada, Martha del Castillo, a cuyos homicidas les dieron unos cuantos años de prisión y a quienes les ayudaron, ni eso.
Monarquía y justicia parecen que le toman la delantera a lo que más duele: El bolsillo. Peor todavía: Pareciera que se trata de un triunvirato fatal en el que los sacudimientos son previsibles y las consecuencias de los mismos, no tanto. No hay familia que no recuerde los horrores de la Guerra Civil, con las consiguientes separaciones –aún hoy siguen los reencuentros luego de siete décadas-, y cuanto sufrieron por hambre. Eso es lo que hace salir a las calles a los “indignados” con una buena dosis de cansancio ante los aristócratas que no dan golpe y pasan sus vidas en la abundancia.
Debate
Dos caras de la misma moneda. En el anverso, el jaque al duque de Palma como traficante de influencias y sus consecuencias contra la Monarquía española; en el reverso, el proceso que se sigue al más influyente y popular de los jueces hispanos, Baltazar Garzón –a quien tanto se honró en México con las consabidas lisonjas a cuanto huela a extranjero-, por haber ordenado granar las conversaciones de unos detenidos en el trance de “lavar” dinero. Garzón aduce que sólo de esta manera obtuvo las pruebas suficientes para inculparlos. Sin embargo, los magistrados del Tribunal Supremo, sus ex compañeros, consideran que su comportamiento es grave por haber sobrepasado sus funciones –algo bastante común en él en cuanto a la extensión de su jerarquía fuera de las fronteras españolas-.
Oteando hacia México, las diferencias son notorias: En nuestro país nadie osa golpear a la “primera familia” –salvo a toro pasado y para cubrir a los ex jerarcas nacionales-, ni se persigue, como debiera, el espionaje y la intromisión cibernética –ya padecida por este columnista que la ha denunciado ante la Fiscalía Especializada de Delitos contra la Libertad de Expresión, sin resultado alguno hasta el momento-. Al contrario, se protege al presidencialismo –incluso en el caso de Echeverría señalado como genocida-, y se blinda a la Secretaría de Seguridad Pública, y a su titular Genaro García Luna, con inversiones millonarias para construir búnkers destinados... al espionaje y rastreo, dicen, de supuestos secuestradores y, en el futuro –no sabemos cuando-, de narcotraficantes. Cualquiera, usted o yo, podemos caer en sospecha y ser afrentados por la intromisión oficioso a nuestra privacidad. Exactamente lo contrario a la línea establecida en la península ibérica.
Es evidente que nuestra justicia, como el naufragado Costa Concordia, revienta por todas partes, ahogándose en la propia podredumbre de juzgados y ministerios públicos. Ni siquiera exhibiéndoles, como se ha hecho en reiteradas ocasiones, a través de denuncias y hasta de filmes documentales, ha sido posible frenar los abusos contra una ciudadanía cada vez en mayor estado de indefensión. Al contrario, ministros de la Corte y Magistrados –“Nuestro Inframundo”, Jus, 2011-, cobran más que los jefes de Estado a costa de no agilizar trámites ni elevar el sentido de justicia. Tira agua por la borda.
Hace unos días, diversos legisladores volvieron a denunciar el burdo espionaje de que son objeto. Pero, a diferencia de lo que le sucede al español Garzón, tal no llevará a la guillotina a García Luna, protegido por Calderón hasta más allá del sexenio en curso, sino, al contrario, le seguirá dando frutos para reprimir, censurar y perseguir a los informadores que no están bajo el control oficial ni dependen de la “camiseta” de algunos de los intocables medios privados de comunicación. El espionaje, en México, se alienta; y en el mundo, se repele. ¿Acaso no es ésta una diferencia sustantiva para entender por qué estamos asfixiados o “hasta la madre” como gritó el poeta Sicilia?
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