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Cuando ingresó a Los Pinos Vicente Fox, constituido como el primer presidente que abiertamente reconoció su catolicismo –otros profesaron la fe, pero optaron por ocultarlo para honrar, decían, el laicismo estatal-, no pocos socarrones señalaron la incoherencia de quien, atesorando golpes de pecho sin disimulo a lo largo de su campaña en la que también aireó el estandarte de la Guadalupana emulando al histórico cura de Dolores, se acomodaba en la residencia oficial con quien entonces era su amante, la señora Marta, revelando así una flagrante violación a los mandatos de la Iglesia. Meses después se matrimoniaría con ella aun cuando mantuviera la dualidad de tener una esposa dentro de los cánones civiles sin romper el vínculo primigenio de los esponsales religiosos.

El columnista asienta que, en este renglón y en muchos otros, las jerarquías eclesiásticas debieran modernizarse en pro de sus fieles a quienes las circunstancias obligan a separarse de sus primeras parejas y alcanzan la estabilidad, emocional sobre todo, en su segunda oportunidad. Suele pesar para ello y de modo muy importante, la propia madurez. Incluso existe ya un movimiento en pro de los derechos de los “católicos vueltos a casar” para demandar la plenitud religiosa, considerada tal aquella que se extiende hacia la unción de los sacramentos que se niegan a los divorciados, en estos tiempos cuando parece más fácil y sencillo contraer un matrimonio gay bajo el peso de los oportunismos políticos. La distorsión es tremenda, a la par con el incomprensible retraso de la Santa Sede ante la dinámica social que no ofende a Dios de modo alguno.

Cito el ejemplo de los Fox para intentar explicar la permanente dualidad moral y política de hombres y mujeres inmersos en la vida institucional. Sobre todo porque la creciente descomposición estructural, por los usos facciosos del poder, mantiene paralizada a una sociedad que reclama nuevos liderazgos porque cuantos hay a la vista no la representan satisfactoriamente. No es puede andar siempre con Dios y con el diablo, para decirlo en el lenguaje coloquial de los frailes más sabios.

Para infortunio de la derecha, los escándalos parecen imparables. Tras confirmarse la patología sexual del célebre padre Marcial Maciel, fundador de la Compañía de los “Legionarios de Cristo”, no sólo el perfil de éste fue afectado sino también el de cuantos se cobijaron a la sombra del mismo, entre otras personas, nada menos, las dos esposas de Fox: Lilián de la Concha, por el culto católico, y Marta Sahagún, de acuerdo a la legislación civil. Sendas señoras, por distintas circunstancias, recurrieron a Maciel para pedirle su intervención, ante el Papa Juan Pablo II, el Magno, con el propósito de aligerar su pesada carga interior, una, y extender su imagen de devota, otra, en la ruta de sus propias ambiciones. Fue un duelo soterrado, íntimo, que acabó ganando, por el retiro y claudicación de Lilián, la astuta señora Marta, la de las “muchas faldas”.

Sólo un personaje de moral polifacética –esto es, siempre adaptable a sus propios fueros- y doble vida, como el deplorable Maciel –a quien deberían condenar drástica y definitivamente los de su congregación para siquiera salvar algo del colapso-, podría haber actuado, como lo hizo, influyendo sobre sendas damas. Una especie, digámoslo sin ambages, de moderno Rasputín bajo el aliento del poder, el presidencial en México y el religioso en Roma.

Quizá esta figura sea la que permita explicar las permanentes contradicciones de cuantos, alineados en el PAN, marchan paralelos a los monaguillos regañados, esto es pretendiendo mostrar en sus rostros los estigmas del sacrificio autoimpuesto –tengo gran curiosidad por descubrir cuáles han sido los cilicios utilizados para ello-, extendiendo la falacia del servidor público listo a sufrir, en carne propia, el martirio que deviene de la terrible soledad del poder y sin reparar, en todo caso, que bastante peor es no poder.

Lo mismo Calderón –quien cada día exhibe un talante más claudicante-, que el oficiosamente exprimido Germán Martínez Cázares o el “líder” surgido del bolsillo presidencial, César Nava Vázquez, parecen cortados con la misma tijera: más bien mustios, como las viejas beatas parroquiales, y sin la menor gota de humildad para reconocer sus propios yerros. Y es que, desde luego, se sienten algo así como tocados por Dios para realizar el apostolado que dejaron inconcluso, hace dos mil años, los doce. Lástima para ellos que el Papado no pueda alcanzarse con baza en la manipulación electoral. Amén.
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