“¡Inconsciente!”, exclamó furioso el otro monje. Salvando a este estúpido caracol pones en peligro las lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto esmero. Por salvar no sé qué vida, destruyes el trabajo de uno de nuestros hermanos. Los dos discutieron entonces bajo la mirada curiosa de otro monje que pasaba por ahí. Como no llegaban a ponerse de acuerdo, el primer monje propuso: “Vamos a contarle este caso a nuestro maestro, él será lo bastante sabio para decidir quién de nosotros dos tiene la razón”.
Se dirigieron entonces a buscar al maestro, seguidos por el tercer monje, a quien le había intrigado el caso. El primer monje le contó que había salvado a un caracol y por tanto había preservado una vida sagrada, que contenía miles de otras existencias futuras o pasadas. El maestro lo escuchó, movió la cabeza y le dijo: “Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien”.
El segundo monje en desacuerdo le dijo: “¿Cómo? ¿Salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras es bueno? Al contrario, había que haber aplastado al caracol y proteger así el huerto, gracias al cual tenemos todos los días alimentos frescos para comer. El maestro lo escuchó, movió la cabeza y le dijo: “Es verdad. Es lo que convendría haber hecho. Tienes razón”.
El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó. “¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿Cómo pueden tener razón los dos?”. El gran sacerdote lo miró largamente. Reflexionó, movió la cabeza y le dijo: “Es verdad. También tú tienes razón”.
Estamos entrenados a pensar que existe una sola verdad, un solo punto de vista válido, una sola opinión que debe ser la correcta. Pero muchas veces esta es precisamente la causa de tanto dolor, tanto conflicto y sufrimiento. En la medida en que somos capaces de apreciar las “verdades” de los demás podemos ver la vida desde ángulos nuevos, ahorrándonos de paso, múltiples discusiones, generalmente estériles. La alternativa es entender, realmente entender qué piensa la otra persona y por qué. En ese espíritu, constructivo, abierto, usualmente se encuentran soluciones a problemas añejos.
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