Nuevos estribillos inundaban los medios. Aparecieron las nuevas versiones del antiguo adagio ‘Mujer que estudia latín, ni tiene marido, ni tiene buen fin’: “Las mujeres pueden ser libres e iguales ahora, pero nunca han sido más infelices”. “Las mujeres se han esclavizado con su propia liberación; hoy tienen dos trabajos: La casa y la carrera.” “El movimiento femenino es tu peor enemigo: Las mujeres con carreras importantes padecen serias perturbaciones inducidas por el estrés.”
La intensa campaña contra el feminismo 16 años después continúa y se exhibe en todas partes: En el quiosco de periódicos y revistas, en la televisión y el cine. En los principales programas televisivos las mujeres de alto cociente intelectual, solteras, profesionales, son humilladas, convertidas en arpías, o en personas desequilibradas que sufren colapsos nerviosos. Las heroínas de un alto porcentaje de películas son solteronas llorosas condenadas a no tener hijos, o a diablas ninfomaniacas que respiran fuego.
Aún no es común proyectar como heroínas de cine y televisión a mujeres asertivas, agradables, inteligentes, comprometidas con la comunidad. Aún no es fácil aceptar a una mujer como presidenta de un país: “Esa clase de mujer constituye una amenaza para el hombre”. Los ataques continúan: “A las mujeres el triunfo de la igualdad sólo les ha dado urticarias, espasmos abdominales, tic en los ojos e incluso estados de coma”.
¿Pero de qué ‘igualdad’ hablan? El Consejo Mundial de Población subrayó la relación entre pobreza y opresión: El 75% de los pobres del mundo son mujeres: “Ni las iglesias, ni los gobiernos dan respuesta válida a los problemas económicos y sociales que erosionan la vida de las mujeres, e incluso, contribuyen a oprimirlas”.
Severas críticas suscitó el hecho de que el tema de los valores específicamente religiosos apenas asoman en la Plataforma de Acción. Para ser honestos debemos reconocer que la mayoría de las religiones y países influenciados por ellas han inhibido el desarrollo integral de la mujer. Durante siglos.
En África y Asia como parte de un rito ‘sagrado’, un número de niñas no cuantificado, son víctimas de la circuncisión femenina (la mujer no tiene derecho al placer sexual, por lo que debe extirpársele el clítoris). En Pakistán, la mujer que ha sido violada es acusada de adulterio por su ‘impureza’, y enviada a prisión. La lista es interminable. Uno de los estribillos más populares contra el feminismo es: “Sé buena y paciente: El mundo finalmente se apiadará de las mujeres que esperan”.
La verdad es que no importa cuántos obstáculos se interpongan contra la marcha futura hacia la igualdad, los nuevos mitos que se inventen, las penas que se impongan, las oportunidades que se rescindan o las degradaciones de que sea objeto, nadie podrá quitarle a la mujer la justicia de su causa.
Hace 16 años en Beijing se auscultó con detalle la vida cotidiana de las mujeres que no tienen voz, y la precaria salud de nuestro mundo. Se creó un lenguaje nuevo, un diálogo internacional que rebasó barreras de raza, clase, cultura y religión. En un ambiente absolutamente creativo se trazaron líneas, estrategias, se recordaron responsabilidades a los gobiernos y a las instituciones mundiales.
Los hombres no poseen todas las cartas para salvar al planeta. Ciertamente nuestro mundo necesita ser contemplado y sentido de otra manera La Paz, el Desarrollo y la Igualdad están íntimamente trabados y tienen rostro de mujer: Suponen un cambio cualitativo en la relación entre los sexos. Los hombres necesitan a las mujeres tanto como las mujeres necesitan a los hombres. Y, a pesar de que por siglos los vínculos entre los sexos han sido usados para restringir a las mujeres, hoy se confirma que la sana interacción de hombres y mujeres en todos los campos es necesaria para lograr un cambio mutuamente beneficioso.
La humanidad no tiene a donde ir sino adelante.
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