Algunas mujeres se hacen implantar bubis y pompas. Se ponen peluca, pestañas artificiales y uñas plásticas. Usan pupilentes que les cambian el color de los ojos. Se llenan de botox; se tatúan las cejas y la línea de los labios. Se practican la liposucción; por medios quirúrgicos se quitan un par de costillas para afinarse el talle. Y luego dicen: “¡Ya no hay hombres de verdad!”. Recuerdo a ese propósito lo que le sucedió a Simplicio, candoroso joven. Desposó a una chica llamada Silly Kohn. La noche de las bodas ella se quitó la peluca y la puso en el buró; se quitó las pestañas y las puso en el buró; se quitó los rellenos que por delante y por atrás llevaba y los puso en el buró.

Seguidamente se tendió en el lecho en pose de Cleopatra que ofrece la sensual sabiduría de su cuerpo a la tosca libídine de Marco Antonio. El ingenuo recién casado vaciló. Le pregunta la novia: “¿Qué te pasa?”. Replica Simplicio, desconcertado: “Es que no sé si ir a la cama o al buró”. Lo dicho: En algunos concursos de belleza el que debería ser coronado es el cirujano plástico.

Doña Glacia Invernizo, la mujer más frígida del continente -en un viaje a Europa congeló con su mera presencia el magma del Vesubio-, les dijo a sus amigas: “Soy un objeto sexual para mi esposo”. “¿De veras?” -se interesaron ellas. “Sí -confirma la señora-. Cada vez que me pide sexo, objeto”. Doña Macalota telefoneó a la oficina de don Chinguetas, su marido, y preguntó por él. La secretaria le informó: “Todavía no termina”. Poco después la esposa repitió la llamada. “Todavía no termina” -volvió a decirle la muchacha.

Llamó doña Macalota otra vez, luego de un rato. De nueva cuenta la secretaria le dijo lo mismo: “Todavía no termina”. Pero luego añadió, molesta: “Y con estas interrupciones suyas, señora, menos podré hacerlo que termine”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, jugaba a las cartas con sus amigas una noche cada mes.

Cuando regresaba a su casa, ya cerca de la medianoche, despertaba a su marido con el ruido que hacía al desvestirse. Así, una noche decidió quitarse la ropa y los zapatos en la sala, para no molestarlo, y entró luego de puntillas a la alcoba cubierta nada más con las últimas dos obligadas prendas íntimas. Su esposo, don Sinople, abrió los ojos, la vio así y exclamó lleno de azoro: “¡Santo Cielo! ¿Perdiste?”.

Antes al pan se le llamaba pan, y al vino vino. Ahora al PAN se le puede llamar PRI y viceversa. En “Mighty Aphrodita”, película de Woody Allen sobre un tema de la Grecia antigua, Edipo era motejado con los peores adjetivos, pues se supo lo del asunto con su madre. Comentaba con mucha pena su mamá, Yocasta: “Y no quiero decir cómo llaman a mi hijo en Harlem”. Ya no se usa aquel decoro en el lenguaje que en los pasados tiempos se estilaba -ciertamente pacato y algo hipócrita-, que recurría a eufemismos a fin de no caer en la vulgaridad.

Así, por ejemplo, para no decir “huevos”, palabra tan equívoca, las señoritas de antes decían “blanquillos” o “producto de gallina”. Mis tías, modosas célibes maduras, no pedían chorizo en la tienda; pedían púdicamente “uno tras otro”. Aun la palabra “parto” se les hacía indecorosa, y al decir el rosario recitaban: “Virgen Purísima antes del éste, durante el éste y después del éste”.

Pues bien: La mamá de Pepito no se andaba con esos tiquismiquis, y le dijo un día a su retoño: “Ve a comprar huevos”. El chiquillo se dirigió a hacer el mandado, pero en el camino pasó por el cine de la colonia y no pudo resistir la tentación de entrar a ver la película que se exhibía: “King Kong”.

Cuando volvió a su casa le contó a su madre lo que había visto. “Salió un gorila -le platicó admirado- del tamaño de un edificio de 10 pisos; la cabeza como una casa; las manos enormes; las patas tan grandes que con ellas aplastaba coches”. La mamá lo interrumpió para saber si había traído el encargo. Le preguntó: “¿Y los huevos?”. Responde Pepito: “Ya te los podrás imaginar”. FIN
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb