Napoleón solía decir que a los hombres más brillantes e inteligentes, incluso los más tenaces de sus opositores, los conquistaba brindándoles honores sin cuento, exaltándolos, haciéndoles sentir más importantes de lo que, de verdad, eran. Luego podía usarlos y moverlos a su antojo como fichas de ajedrez. No incluía a las mujeres porque, entonces, tenían un estatus social distinto y sólo excepcionalmente figuraban en la vida política. Bien conocía el “emperador” las debilidades de sus súbditos y siempre tomó partido de ello hasta convertirse en una especie de semidios sobre la tierra. Aún ahora sus restos descansan en Los Inválidos, concebido como hospital y convertido en mausoleo, en una de las riberas del Sena, dominando el paisaje urbano más bello del mundo y a la historia.

Cuando conocí a Isabel Miranda de Wallace le expresé, de corazón, mi profunda admiración: Con escasos recursos, pero no nulos, logró impactar a la sociedad mexicana en la búsqueda de los asesinos de su hijo, primero, y del cuerpo del mismo después. Fueron jornadas amargas en las que ella, siempre al lado de su marido, más discreto, callado y de origen escocés, puso en jaque a las autoridades y logró el milagro de convertirse en una figura mediática, despertando con ello la curiosidad y el respaldo de la opinión pública. Ello dio cauce a una presencia fuerte y rotunda en diversos foros en los que denunciaba las arbitrariedades y los errores procesales de nuestro singular sistema judicial y su autoridad moral fue tanta que incluso se daba el lujo d sugerir -o más bien, ordenar-, que los detenidos mostraran su cuerpo ara asegurarse de que no habían sido torturados. Y los ministerios públicos, las procuradurías en general, accedían, sin el menor rubor, a cumplimentarla, también cuando fue en busca del sitio en donde podría encontrarse el cadáver de su joven vástago, honrado por la fuerza espiritual y verticalidad de su madre.

Sólo que el tiempo pasó y la señora Wallace comenzó a ser un referente constante en los foros de derechos humanos, sobre todo aquellos relacionados con los secuestros, y una invitada infaltable a los eventos organizados por la Presidencia con relación al tema de la seguridad pública. Hubo una ocasión en que la dama, al lado del empresario Alejandro Martí, llegaron en un helicóptero de la Presidencia, antecediendo al del “primer mandatario”, para asistir a la inauguración del centro de alta seguridad de la Policía Federal. Todos los honores le fueron dispensados para aliviar, se creyó en principio, la pena durísima por ella y los suyos sufrida.

De referente pasó a una fase más activa en la que comenzó a opinar de todo y para todo. Por ejemplo, en cuanto al caso de la francesa Florence Cassez, que causó bastante revuelo en las relaciones diplomáticas con Francia y socavó las relaciones entre los mandatarios Nicolás Sarkozy y Felipe Calderón –el primero siempre se dijo engañado por el segundo-, la señora Wallace asumió una actitud de franca intransigencia convirtiéndose en el polo opuesto de la defensa de la joven extranjera quien, culpable o no, fue víctima de un vergonzoso montaje, comprado por Televisa, para mostrar la eficacia de los genízaros de Genaro García Luna. Y, si de derecho se trata, tal basta en cualquier nación civilizada para decretar la libertad del insidiosamente inculpado. Pese a ello, se escuchó más a la señora Wallace que a los abogados, franceses y mexicanos, de la señora Cassez mientras se producía el boicot contra el “año de México” en Francia como explicable reacción a la ausencia de palabra del señor Calderón. Y doña Isabel fue el escudo de Felipe para justificarse ante la opinión pública.

Sin acaso percatarse, la señora Wallace, en la medida en que crecía su influencia ante los órganos de justicia y la Presidencia misma, perdía notoriamente el bien ganado prestigio como “madre coraje”. No pocos de sus amigos, de mentalidad abierta y opositores a la administración federal de facto, le hicieron ver que comenzaba a ser evidentemente utilizada por los operarios de Calderón para que diera seguimiento a sus iniciativas casi de manera automática.
Era como si ella representara el sentir de toda la sociedad porque se había encumbrado como líder natural de un pueblo ofendido, afrentado por la delincuencia organizada y furioso por la ausencia de acciones oficiales contundentes. Era como la heroína del cuento, rodeada de perversos que, al reverenciarla, comenzaron a ganársela.

El fenómeno está por llegar a otra etapa: Doña Isabel, sin que olvidemos sus proezas cívicas, ha optado por aceptar la candidatura del PAN al Gobierno del Distrito Federal, una plaza en la que, por lo general, el partido de la derecha queda rezagado, salvo en las delegaciones en donde los ciudadanos cuentan con mayor poder adquisitivo. Es evidente que se trata de un experimento, muy afín a la programática de los operarios de importación que, como a Maximiliano, los panistas fueron a buscar a Europa y los cooptaron. Uno de ellos, Antonio Solá, nacionalizado mexicano por orden discrecional de Calderón, ha sido ahora “fichado” -o contratado- por la señora Josefina Vázquez Mota lo que empieza a descifrar la ruta del panismo con la bendición d la parafernalia presidencial, luego de convencerse el señor Calderón de la inutilidad de insistir en la figura de Ernesto Cordero Arroyo, incapaz de lograr la menor convocatoria.

Las mujeres van ganando territorio y eso no es motivo de molestia; al contrario, qué bueno que sea así. Lo discutible son las formas y las razones de fondo para poner en el escenario a una señora quien comenzó arar como independiente del gobierno, fustigándolo incluso, y acabó siendo sencillamente cooptada por el poder público. ¿Avanzamos o retrocedemos?

Debate
Son dos caras de la misma moneda. El anverso es el espíritu indomable –como aquel Wallace que pretendió liberar a los escoceses-, de doña Isabel Miranda por sostenerse en su demanda e justicia y no parar sino hasta ver a los asesinos de su vástago tras las rejas; y no sólo eso: Insistir en recuperar su cadáver. En lo personal, mi admiración por este gesto es mayor porque, en mi caso, no pude lograr justicia alguna acerca del crimen de un hombre público, conocido, mi padre Carlos Loret de Mola Mediz. Y llevaré siempre conmigo este anatema.

El reverso es el de la cooptación de una dama vigorosa, surgida de la sociedad doliente, aceptando una candidatura por el partido que, en posición de la Presidencia, fue uno de los factores para que México legara a los niveles de violencia actuales por su torpeza al actuar y por los amafiamientos consentidos y buscados. No puede entender un lanzamiento con esta dedicatoria porque es tanto como si nos hubieran cortado las alas a cuantos creímos en doña Isabel y le deseamos un feliz derrotero que, desde luego, nada tiene que ver con una candidatura oficial y oficiosa, convenenciera e incluso ruin.

Otra cosas sería que, como lideresa natural, optara por lanzarse de manera independiente aun con las restricciones legales conocidas. Sería más coherente con su postura de rebeldía ante la tortuosidad existente en los distintos niveles de la administración pública y en la reglamentación construida por ésta para limitar a sus adversarios y asegurar el continuismo partidista.

Romper con el cerco, como rompió con las barreras que ocultaban la burda
actuación de la policía -dirigida por panistas- en el caso de su hijo, debió ser su verdadero papel, no el de encabezar una candidatura -a jefa de gobierno, nada menos, cuando desconoce los veneros de la política y ni siquiera podría expresar, por mucho que haya leído últimamente, cuáles son las funciones y los límites de quienes llegan a este cargo.

Sencillamente, para bochorno de todos, doña Isabel se equivocó.
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