¡Benditos los niños que desesperaban esperando esta mañana!
Los adultos, en cambio, es probable que no quisiéramos ni abrir los ojos.
Sólo de pensar en los papeles y moños que dan razón de nuestra locura.
Por confundir la fiesta más cristiana con el desfile de las vanidades más humanas.
Por gastar en bebidas y viandas lo que urgía a un prójimo para sobrevivir.
Pensando, en fin, que ya está a la vuelta de la esquina la dura cuesta de enero.
Como quiera, abra los ojos, disfrute la Navidad y enmiende lo que pueda.
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Columnista

