Hace unos días, el jefe de la Arquidiócesis de León, José Guadalupe Martín Rábago, impidió que entraran a sus templos las mujeres que no vistieran con el decoro necesario para no excitar sexualmente a los asistentes a misa, causadas por minifaldas, escotes, strapless, mallones, shorts o falda con abertura. Aclaró prudentemente que: “No es una actitud misógina, es pedir la dignidad y el decoro que requiere el lugar”. Tiene razón este cruzado de Dios. La piel desnuda, que se insinúa o que se muestra franca, puede producir en los asistentes graves distracciones. Ocasiona la posibilidad de cometer pecados de intención, fantasías que los tientan y obligan a comparar a la mujer propia con esas irrespetuosas que muestran sus cuerpos, que no dejan de ser templos de Dios, pero que se exhiben con poca dignidad y con la satisfacción de los resultados de las largas horas de gimnasio para el cultivo estético de sus cuerpos.

La vista, en los machos humanos, es uno de los sentidos más importantes para el cortejo, pues genera un disparo instintual que pone en marcha todo el proceso de acercamiento a la hembra. En cualquier lugar, incluida la Iglesia, si percibe un movimiento ondulante, generado por la curvilínea visión de la piel poco cubierta, envuelta en colores brillantes, entra en un estado propicio para la conquista que inhibe cualquier otra intención, sea divina o humana.

Distrae de las ideas previas y concentra la atención en la presa, que le ha robado el momento místico del rito. Pero la buena intención del prelado va a fracasar, pues debería también prohibir la entrada a las mujeres que usen perfume, porque las feromonas son tan efectivas para faltar el respeto y perder la concentración como las minifaldas ¿Y qué va a pasar con los hombres que sudan dentro de las iglesias? Cuando las mujeres huelen la androstadienona, la feromona que se encuentra en el sudor de los hombres, se incrementa su nivel de cortisol, hormona segregada por el cuerpo para mantener la excitación y el sentido de bienestar. Olfateando la androstadienona experimentan un incremento del estimulo sexual, un aumento de la frecuencia cardiaca y otros efectos colaterales, según una investigación publicada en el 2007 en el Journal of Neuroscience, elaborada por científicos del Programa de Investigación Olfatoria realizado por la Universidad de California en Berkeley.

El sudor masculino puede actuar como afrodisíaco. Dice Claire Wyart, directora del estudio, que “Se puede inducir un cambio en el nivel hormonal de las mujeres al inhalar un componente identificado del olor masculino”. El experimento consistió en medir los niveles de la hormona cortisol en la saliva de 48 mujeres que estudiaban en Berkeley, después de que olieron por 20 ocasiones una jarra de androstadienona. Los niveles de cortisol se dispararon en apenas 15 minutos y se mantuvieron elevados durante más de una hora, mejorando su ánimo y elevando su excitación sexual.

Esta característica nos iguala a las ratas, las mariposas y las polillas, entre otros seres vivos, que segregan un olor que afecta al sexo opuesto, a pesar de que nuestro órgano vomeronasal, alojado en la nariz, es muy rudimentario y no percibimos las feromonas tan bien como otros mamíferos. Así que, ya sin ninguna duda, se puede afirmar que el templo es un lugar favorable para perturbar la paz de mujeres y hombres, consagrados o profanos, incluido al arzobispo Martín Rábago, que haría mejor en cambiar su discurso y recomendar a las parejas que cultiven, en el día a día, el amor de su pareja.
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