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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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11 Noviembre 2016 04:00:00
Ni poeta ni juglar
Hay muchas razones por las cuales yo no soy poeta. A más de argumentar mi dificultad para comprender las intrincadas definiciones sobre figuras literarias, aportadas por la deífica Elena Berinstain, hay otras razones de mucho más peso: Tengo un viejo, tengo un hijo, tengo un perro. El último me lo regaló Santa; el segundo la cigüeña y el primero aún no sé bien si Dios o el Diablo.

Como sea, cada uno traía algo bajo el brazo, y no era una torta. El perro venía con una serie de requerimientos para su estancia con dignidad como mascota en la familia, so pena de ser yo abducida por la Sociedad Protectora de Animales; el hijo venía sin instructivo y exige observación 24 horas diarias para tratar de entender la mejor forma de mantenerlo vivo, sano y feliz, y con la espada no de Damocles sobre mí, por si no soy tolerante y consentidora; el viejo traía la etiqueta de “wash and ware” y listo para usarse, pero nadie me advirtió acerca de los minuciosos cuidados que requería tan fina prenda.

En verdad no tengo explicación congruente para saber cómo hicieron nuestras madres, lidiando con un equipo de futbol y, además, con el perro, el viejo y hasta un gato necesario que habitaba en las casas de las generaciones pasadas. Por otro lado, ese ajetreo me explica ciertos desvíos sicológicos en mi persona, los cuales enfrentan a diario quienes viven conmigo.

Para escribir poemas se necesitan algunos ingredientes imposibles de eliminar en esa receta: El primero es la abstracción; quedarse con uno mismo dará la sazón necesaria para alcanzar la fama como escritor más o menos dedicado. ¿Cómo lograr semejante acto de valor cuando las señoras hemos de repartirnos como la Coyolxauhqui?

La educación tradicional nos dejó marca de caballo respecto de atender las necesidades del marido, tampoco sin irse al baño, claro está, pero no desentenderse de sus tentaciones y sus urgencias; los hijos, nadie lo duda, dependen de la madre por lo menos los primeros 42 años, pues ahora resultan renegados a salir de casa, porque el matrimonio es una asunto medio tenebroso y con demasiadas obligaciones.

Entre comprar la despensa, lavar la ropa, trabajar dentro y fuera de casa, asegurarse de dar pan y circo a tooodos los miembros de la familia, pagar recibos, atender a las vecinas, ser una buena hija y mediana hermana, mantener vivas a la mascotas propiedad del hijo, el viejo y el resto de la familia, muy poco espacio queda para la introspección, y los únicos poemas resultantes de todo esa rueda de la fortuna, serán unas construcciones medio bizarras en donde se discutan las razones por las cuales el tomate oscila entre 6 y 24 pesos en el supermercado, o bien, si la carne de pollo deberá ser amarilla, blanca o rositita a fin de no ver crecer pezones donde no debieran aparecer.

Como pueden darse cuenta, no es falta de talento; es de tiempo y nada más.

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