Los violadores visten de manera informal y usan cachuchas, gorros, sombreros, lentes oscuros y ufanamente portan sus armas colgadas al hombro y mientras fuman alardean del número de niñas y mujeres que han violado. El terror sexual es una de las armas de guerra en la que además utilizan palos, cuchillos, machetes para terminar el trabajo. Burlándose dicen que no alcanzan los dedos de las manos para contar las violaciones de ese día. Los seis hombres no tienen miedo de confesar, sino que presumen de sus acciones a la directora cinematográfica mientras ella sostiene la cámara de video, y registra cada una de sus palabras y sus muecas. Ella sí tuvo que vencer el terror de encontrarse con los violadores en la selva, pero llevaba el permiso del oficial mayor y conocía el deseo de los violadores de presumir sus fechorías ante una cámara de la prensa internacional, y tomó el riesgo: Valía la pena el objetivo.
Después de que narra el conflicto armado en la selva que ha durado 13 años y ha costado millones de vidas, miles de mujeres y niñas han sido sistemáticamente violadas y mutiladas por las hordas de combatientes. Jackson le pide al intérprete: “Pídeles que me digan lo que hicieron”. “Dormí con muchas mujeres” dijo uno de ellos. “¿Las mujeres querían dormir contigo?” preguntó Jackson con voz casi cortante. El traductor repite sus palabras en Swahili. “¿Es una forma de control? ¿Por qué violar a una mujer en presencia de su esposo atado a un árbol para que la vea desangrarse hasta morir? ¿Por qué 20 hombres hacen fila para violar frente a sus padres a una chiquilla, uno después de otro, hasta dejarla inconsciente, moribunda, soportando el dolor más terrible imposible de imaginar? ¿Por qué insertar un machete y dejar sus órganos desgarrados, disfuncionales para siempre? El hombre sólo reía.
Las sobrevivientes de estos ataques bestiales esconden su dolor y su vergüenza entre la maleza de la selva. Son víctimas de la guerra. No se registra en las estadísticas. “Si somos violadas, nuestros hombres nos desprecian, nos corren de la choza porque ya somos impuras”, confía a Jackson una de las víctimas. Su voz es casi un susurro.
El de la cachucha dice: “Si la mujer me dice no, la tomo a la fuerza. Si es muy fuerte, pido ayuda a mis amigos: Violarla hasta romperle el útero. Todo esto sucede porque estamos en guerra. Viviríamos una vida normal y trataríamos a las mujeres de otra manera si no hubiera guerra”. El Congo ha estado en conflicto y violencia continúa desde 1998: La fuerza militar, los rebeldes, las milicias regionales saquean las aldeas y violan rutinariamente a mujeres y a niñas. Hoy.
Otro habla de la “magia” que lo hace violarlas. “Es como si fuera un brebaje mágico: Tenemos que violar para ganar la guerra; nos da la suerte.” El de la gorra negra está junto a él y lo apoya: “Las mujeres están en la zona de combate donde todos los combatientes dependen del poder mágico de la sangre de las mujeres, así que tenemos que violarlas para derrotar a los enemigos que han invadido el Congo. Por esto pasan todas estas cosas.” Los invasores son compañías y empresas privadas extranjeras que explotan los recursos naturales de la selva de manera salvaje.
El video muestra la destrucción que ocasiona la guerra, no sólo la devastación material por las armas, sino que descubre el horror de ver el mal que se inserta en la cultura, un estilo de vida que se convierte en adicción letal, una pavorosa droga que se consume por años y que se inserta en el pensamiento: Los combatientes creen que deben violar para ganar la guerra.
Una de las chicas de 15 años sobrevivió el ataque y concibió a una niña. Se llama Lumiere, que significa luz. La madre le dirá que no sabe quien es su padre. ¿Cómo decirle que es considerada impura, producto de una violación tumultuaria y semilla del enemigo? La verdad es brutal.
Antes de regresar a la selva, uno de los entrevistados dice directo a la cámara: “Es difícil llevar un conteo del número de violaciones que hemos perpetrado; violamos a medida que avanzamos, aldea por aldea. Ya sabe usted lo que es la guerra.” Sus escalofriantes palabras han quedado guardadas para siempre en el documental. La guerra domina la cultura, altera la memoria y los valores de los pueblos, corrompe el lenguaje, infecta todo a su alrededor cubriéndolo de fango, sangre y cenizas. Los humanos pierden el sentido de la vida y de la muerte. La guerra descubre el mal que los hombres llevan dormido bajo la piel.
Jackson buscó a mujeres expulsadas de sus hogares que deambulaban por la selva. Deseaban compartir con ellas sus terribles experiencias y hacían largas filas para ser escuchadas. Cuando Jackson les contó que también las mujeres eran violadas en tiempos de paz en los países del primer mundo, no podían creerlo. “Es imposible creer que las mujeres blancas sean violadas en los países ricos.” Las mujeres son violadas en todas las partes del globo, haya guerra o no.
Le preguntaron: “¿Por qué las leyes de todas las naciones del mundo no castigan a los violadores de guerra? ¿Y los Derechos Humanos? ¿Y la ONU? ¿Y los líderes religiosos? El terrorismo sexual ha sido aceptado o solapado por todos los ejércitos del mundo, y tolerado por todas las instituciones. Las violaciones tumultuarias son una forma de exterminar pueblos enteros y es más económico que utilizar balas. La violación de mujeres siempre ha existido en las guerras, sólo que ahora en video lo confirmamos en vivo y a todo color.
Explotar la inmensa riqueza del suelo virgen y los recursos naturales que la industria requiere se encuentran en la selva profunda del Congo: Aluminio, cobalto, coltan, y tantos otros metales que se utilizan en la industria de electrónicos. Lisa F. Jackson, ganadora de tres premios Emmy en periodismo, termina su documental con la observación de que deben explorarse profundamente las causas y las pavorosas consecuencias del saqueo que los países industrializados hacen a los países en desarrollo. Les recuerda considerar el hecho de que hay sangre de mujeres congolesas en sus celulares, computadoras, y laptops. Alguien preguntó: “¿Qué podría hacerse para ayudar a las mujeres?” Ella contestó: “No sé tú, pero yo hice un video”.
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