Los que no desean comprometerse con el futuro del país ¿por qué se espantan o escandalizan de nuestra realidad? Pueden quedarse tranquilos: no mover nada, no tocar nada, no descubrir o revelar nada, y dejar las cosas como están. Es considerable el número de intelectuales que en el momento de intensa crisis por los acontecimientos sangrientos y despiadados que estamos viviendo se dedican a culpar, a vociferar contra todo y contra todos, a sembrar semillas de odio y discordia a diestra y siniestra. Unos se han sumado a las filas de los llamados opresores, otros, a las filas de los oprimidos.

Muchos se preguntan: ¿Por qué asumir la responsabilidad de un país y unas circunstancias heredadas, fabricadas por otros? ¿Por qué responsabilizarnos de algo que no es nuestra culpa? Porque México es nuestra patria y somos mexicanos. Aquí vivimos. No se tú, pero yo aquí quiero morir.

Es fácil distinguir a las personas. Unas, comprometidas consigo mismas y con la patria. Encarnan lo que el ser humano es llamado a ser. Conscientes de su naturaleza, situación y potencial conocen el medio, influyen en él, lo desafían con agresividad e inteligencia, no con balas ni con granadas. Otras personas, aunque intuyen su enorme potencial, carecen de capacidad de decisión para salir de su cautiverio: el miedo. O sea, les faltan agallas. Y los otros, los desestabilizadores, desalmados, quema patrias.

Nuestra bandera muestra en su centro un águila que pisa una serpiente. La serpiente desde los primeros tiempos ha sido símbolo del mal, de lo ruin. El águila después de vencerla, despliega majestuosamente sus potentes alas y emprende el vuelo. Se eleva a la cumbre misma de la montaña. Montaña, águila, serpiente, símbolos patrios que nos hacen temblar de emoción. La montaña constituye el mundo de los valores, el deber ser, el bien ser, el bien estar y el bien tener. Elementos indispensables para vivir en democracia. El águila representa la libertad y la realización personal, el desplegar majestuosa y dignamente la voluntad, los conocimientos, habilidades y talentos, y encauzarlos hacia la creación de una sociedad nueva. La serpiente, rastrera, cobarde, es sinónimo de servilismo e hipocresía: encarna las pasiones más bajas del ser humano.

Hay águilas que guardan sus alas bajo el hombro y prefieren vivir en el valle como aves de corral. Conformistas, pacificadoras, desean el cautiverio para no subir a la montaña: el valle es seguro, apacible, tranquilo, sin peligro ni exigencias. Ciertamente es difícil dejar el valle, dejar lo cómodo y cambiarlo por lo arriesgado, atrevido, esforzado. Sin embargo, esta seguridad es engañosa, porque hemos nacido para ser libres y, como las águilas, para vivir y volar en las alturas. Permanecer en el valle, dentro del propio cautiverio, es como tener las alas rotas, reptar sobre la tierra, conformarse con las circunstancias, enterrar los talentos. Desplomarse. Y dedicarse a llorar o a vengar a los muertos.

La montaña sigue ahí: símbolo desafiante de la vida. El ideal de regir el propio destino, el reto de superar cualquier situación esclavizante, indigna. Montaña es sinónimo de excelencia. Hemos sido llamados a vivir en las alturas porque desde ahí es posible observar con objetividad, arrobo, curiosidad –inclusive con dulzura– la naturaleza, los seres y los bienes de la tierra. Desde lo alto es posible encontrar el momento mismo de nuestra historia en que nos equivocamos al sembrar las semillas de la injusticia, de la indiferencia, del abandono, de la desesperación, de la violencia. Desde ahí aún es posible encontrar soluciones para el bienestar de todos los mexicanos y mexicanas.

Es difícil aprender a volar alto para llegar a la montaña. Cuesta mucho aceptar un desequilibrio momentáneo, entrar en crisis, el rompimiento de lo que fue y ahora no es, la profunda desolación, y después, como las águilas, dejar la obscuridad y seguridad del valle para buscar la luz y las alturas más cerca del sol. Descubriremos que las crisis son dolorosas pero la historia indica que a veces son necesarias: afirman y desarrollan el espíritu para crear un mundo mejor. De las borrascas no hay que esconderse.

Hay personas favorecidas por la naturaleza, por las circunstancias, las oportunidades y su propio esfuerzo, en cuyas manos descansa el destino de México. Y aunque han desarrollado suficiente talento para marcar el rumbo y el ritmo del país, y han nacido para ser águilas y liberar al pueblo de la ignorancia, pobreza e indignidad, desaprovechan su situación única, y optan por quedarse en el valle como aves de corral. Cacaraqueando. Envenenando los ambientes. Con la serpiente amarrada al pescuezo. El tiempo que vivimos no es para cacaraquear, sino para sumarnos. No sé tú, pero yo hoy voy a salir a votar.
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