Calderón se empeña en impedir que el PRI vuelva al poder

Ningún presidente, por demócrata que sea o aparente, trabaja para que su partido pierda la siguiente elección, sino al contrario. Ernesto Zedillo lo comprendió y asumió con valor y decoro el juicio de las urnas en la sucesión de la alternancia. Por eso, de los últimos líderes de México, es el único con talla de estadista. Salinas actuó por otra vía. Quiso instaurar un nuevo maximato y pasó a la historia como simulador, falsario, hombre protervo.

En una democracia constitucional, pues también las hay simuladas, como la venezolana, la decisión de nombrar presidente, y cualquier otro cargo de representación popular, corresponde a los ciudadanos. Los que concurren a las urnas, consciente, responsablemente, y aun los que comercian con su voto. Sea por dádivas, contratos, sinecuras y cualesquier forma de las inventadas para pervertir uno de los pocos derechos donde las personas son realmente iguales e importantes: la emisión del sufragio universal, libre, secreto y directo.

La historia de nombrar sucesor desde la Presidencia terminó con Zedillo, pues perdió su candidato. Vicente Fox admite ahora que cargó los dados para evitar que López Obrador triunfara en 2006, y Calderón se empeña en impedir que el PRI vuelva al poder. ¿Lo abandonó en algún momento? Parcialmente, quizá, no en el Congreso. Mucho menos en los estados ni en otros centros de influencia. Una de las virtudes de la alternancia es que desenmascara y ayuda a terminar con la simulación.

En las elecciones del 2 de noviembre, Barack Obama hizo campaña por los candidatos de su partido, al Congreso y a los gobiernos de más de 30 estados, porque la ley en Estados Unidos y otros países lo permite. El primer presidente de color, uno de los más legitimados para ocupar la Casa Blanca, acudió a cada mitin, con los activos y pasivos de dos años de administración. ¿Qué pasó? Perdieron él y el Partido Demócrata. Los republicanos, con su victoria, pusieron de nuevo un pie en el Salón Oval que Bush recién abandonó.

Calderón llegó a la Presidencia con una de las votaciones más estrechas y una oposición crecida y poco colaboradora. E igual que Obama, en las intermedias perdió el Congreso y un buen número de estados. Las puertas de Los Pinos, en consecuencia, se le abrieron aún más al PRI. Esa es la “normalidad democrática” a la que aludía Zedillo en su toma de posesión, consciente, como lo declaró en España, de que la suya había sido una elección legítima, mas no equitativa. Las elecciones están, pues, en manos de los ciudadanos. Ellos decidirán si el PRI de siempre vuelve al poder; si refrenda al PAN, expectativa perpetua, otros seis años, o si al PRD le brinda por primera vez la oportunidad de ser gobierno. Ellos, no Calderón, cuyo poder de veto no alcanza a las urnas.

Este año deja, en la mayoría de los mexicanos, un amargo sabor de boca. Los partidos, el Congreso y los poderes Ejecutivo y Judicial, tanto a escala federal como local, hicieron cuanto estuvo a su alcance para defraudar a la sociedad y recordarle que el cambio y las transformaciones que el país necesita tendrán que ser empujados por los ciudadanos. Los poderes públicos no pueden, ni quieren.

.(JavaScript must be enabled to view this email address)