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12 Enero 2017 04:00:00
Obama’s speech
En el fondo somos cursis… idealistas, nos gusta darle un toque nostálgico a lo imposible o a lo improbable y hacer de la épica un relato romántico, aunque no siempre tenga un final feliz.

Quisiéramos un mundo sin miseria, ni refugiados, ni analfabetas, ni discriminados, ni personas violentadas, ni trabajadores con salarios de hambre ni ricos con fortunas estrambóticas.

El socialismo utópico lo es precisamente porque enarbola una sociedad sin diferencias de ninguna clase, los falansterios preconcebidos por Charles Fourier economista francés del siglo XIX, no permearon con el éxito debido y aunque se le considera uno de los mentores del cooperativismo, su ideal de igualdad de condiciones superaba al resultado real de las cooperativas.

Lo de Fourier no funcionó como respuesta a un capitalismo industrial embrionario que ya mostraba con descaro sus fauces: La máquina terminaría desplazando a una parte de la mano de obra creando así un mercado ampliado de desempleados, situación que, por ende, mantendría constantemente abaratado el precio del factor trabajo. “Si no trabajas tú, otro lo hará e inclusive a un menor precio y en peores condiciones”.

Ésa es nuestra realidad, lo otro es una quimera, un mundo color de rosa, de cuento de hadas, en el que se sufre poco y la ilusión es tan dulce como los terrones de azúcar.

Por eso es que Barack Obama lleva meses despidiéndose de la Casa Blanca, dejando en cierta parte del ambiente internacional la bucólica sensación de la partida de un héroe.

Y créame amigo lector que en los próximos meses se le verá casi como a un beato en la medida que Donald Trump, junto con su oligarquía preterida, empiecen a manosear las leyes del mercado, los acuerdos comerciales, a las empresas, corporativos y también a diversos gobiernos.

El último discurso del presidente saliente, precisamente en Chicago, es tan esperanzador como su “Yes we can” el lema de su campaña político-electoral, el mismo que lo llevó dos veces a la Presidencia desde 2008 hasta el 20 de enero de 2017; el mismo que lo retira del poder con los niveles más altos de popularidad, unos envidiables rankings de aceptación que inexplicablemente no beneficiaron a la candidata Hillary Clinton.

El primer afroamericano que ha llegado a la cumbre del poder de la todavía poderosa unión americana deja la Presidencia, según Gallup, con un 56% de aceptación superando al mismísimo Ronald Reagan que junto con el Papa Juan Pablo II fueron los dos artífices para desmantelar el comunismo y el bloque soviético.

A COLACIÓN
Se va, se va… se fue. La política del palo y la zanahoria fue aplicada más que nunca por la administración Obama, así de taciturna como él, te daba la mano y por detrás el garrotazo.

Una sonrisita y venía una persecución a los inmigrantes, la emigración en México llegó a tasa cero: Son regresados más migrantes de los que logran cruzar y quedarse en el traspatio.

Un beso afectuosísimo para “su amiga” la canciller alemana Angela Merkel, aunque los servicios secretos estadounidenses la espiasen hasta por debajo de la cama; un abrazo distendido para la foto, captado en alguna cumbre, de tantas que hay en el año para demostrar la empatía del nuevo inquilino en Washington y después sendas multas para las empresas europeas operantes en territorio norteamericano.

La peor política y el peor político que hay es el que te da la mano y por detrás te encaja la daga, el que no se define y duda tanto por posicionarse que nunca terminas por conocerle. No sabes si ha sido bueno del todo o malo mucho más. Así ha sido Obama.

Pero, insisto, en el juicio final a él le beneficiará que su predecesor es de los que van de malotes por la vida, el tipo que prefiere gritarte en tu cara o por Twitter aquello de “No way”, la palabra matona antes que el pensamiento calibrado. Con Trump ya sabemos de qué va, con Obama nunca lo supimos.

¿Momentos estelares? Le reconozco haberle bajado dos rayitas a la tensión con Irán en el tema nuclear y reconciliarse con Cuba (sin exigirle democracia). Le reprocho su falta de tacto con el tema de Siria y Rusia.

Le faltaron luces cortas y largas con Vladimir Putin, a él se lo debió llevar a comer hamburguesas en lugar de a Dimitry Medvedev; su golpe de efecto degustando distendidamente unas hamburguesas “del infierno” en 2010 en Arlington en compañía del entonces presidente ruso quedó diluido con el tiempo porque la enigmática personalidad de Putin “del hacerlo ya” chocó inmediatamente con las eternas vacilaciones de su homólogo estadounidense disfrazado de pacifista. Se va, se va… se fue.

@claudialunapale

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