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Dalia Reyes
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26 Noviembre 2016 04:00:00
Oídos sordos
Empecé mi carrera como periodista a los 17 años. Cuando cumplí 18 me había convertido en reportera para la sección cultural, en donde aprendí que se necesitaba ser muy rancio para considerar cultura sólo lo relativo a las Bellas Artes, con mayúscula para referirse a las clasificadas por la élite.

Un año después editaba un suplemento que daba cabida a quienes tuvieran el valor de poner a disposición sus creaciones artísticas con las letras, las imágenes, los colores, el pensamiento. Empezó una andanada de cartas dirigidas a veces a mí, otras al director, otras al mundo entero.

Alguna vez me visitó un novel y genial escritor radicado en mi ciudad, ahora premiado y traducido, para reclamarme las razones por la cuales hice públicas ciertas críticas a la escatológica poesía de su amigo regiomontano. Algo sucedió que, media hora después, se despidió de mí prometiendo convertirse sin tardanza en colaborador de mi suplemento.

Jaime Labastida escribió una editorial nacional tras la entrevista que le realicé siendo yo estudiante de Letras. El mejor halago que un reportero de cultura recibe, viniendo de semejante persona, es haber reconocido lo siguiente, con tal sorpresa que mereció publicarse: “una reportera de provincia me hizo preguntas pertinentes”.

No tengo los recortes, aunque ahora toda evidencia es recuperable. Guardo en mi memoria las felicitaciones, los halagos, los reconocimientos con tanto atesoramiento como las críticas de quien logró mostrarse capaz de hacer mejor que yo las cosas del periodismo.

Nada olvido. Mi buena memoria es a veces un don y a veces un castigo, porque me ayuda a no repetir los errores, pero jamás ha sido buena para reconocer al enemigo. Tal vez no sea mi memoria la que falle, sino mis oídos.

Cuando me entero de jovencitos que atentan contra su vida porque alguien les ha criticado en público y lo difunde, deseo mucho ofrecerles mi memoria enclenque, ocupada tanto tiempo en aprender de los grandes y los chiquititos que no deja espacio para el odio. Si eso fuera posible, para ellos, como para mí, ese tiempo que los otros dedican para pensar en uno, sería siempre un halago, un premio bien merecido a nuestro ego.

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