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Es verdad dogmática que nadie nace narco o sicario.

Que todos, pobres o ricos, viven un día niños e inocentes.

No hay tampoco escuela que forme o entrene para el mal.

O padres que aficionen a sus hijos a la droga o a ser ladrones.

¿En qué momento se tuerce el árbol y da frutos de amargura?

No es pregunta retórica; padecemos la peor ola criminal de muchos jóvenes.

Sanguinarios, crueles, capaces de asesinar a niños y mujeres.

Si hallamos lo que hicimos mal, podremos salvar a la siguiente generación.

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