Como instrumento de destrucción en el bíblico Diluvio, en el auge y la caída de Macondo, o como música de fondo a las palabras de un desencantado robot en alguna novela de ficción, la lluvia ha sido personaje y escenario constante.
Caer y aniquilarse
En “Aplastamiento de las gotas”, Cortázar explora la fisonomía de la lluvia, su palpitar hipnótico, la humedad ubicua; su cualidad fugaz e inminente: lo que la lluvia y sus corrientes arrastran o lo que al amparo de ésta renacerá. Cronista del salto mortal de las gotas que resbalan desde el dintel de una ventana, que aplicaría también a la dimensión humana, el gigante argentino refiere:
“Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
“Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse.”
Lo que ya no existe
Jorge Luis Borges, argentino y universal, más complejo y más simple, en “Lluvia”, uno de sus textos menos cerebrales, pondera la cualidad intemporal y metafísica de la lluvia.
La lluvia como una bisagra herrumbrosa entre tiempos simultáneos; como mascarada de los sentidos y como oscuro espejo de la nada:
“Bruscamente la tarde se ha aclarado/ Porque ya cae la lluvia minuciosa. /Cae o cayó. La lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado /El tiempo en que la suerte venturosa /Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales /Alegrará en perdidos arrabales /Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada /Tarde me trae la voz, la voz deseada, /De mi padre que vuelve y que no ha muerto.”
Sin duda uno de los momentos más memorables de la lluvia en la literatura es su dimensión bíblica e inacabable del temporal sobre Macondo, vuelta más que una atmósfera, un personaje en sí mismo, un estado del alma, una forma de irrealidad y de locura.
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