Sólo las esposas, de cuya pétrea sensibilidad los siglos han dado sobrado testimonio, pretenden que abandone uno el tibio y deleitoso lecho, que luego se sumerja uno ya sea en una tina pletórica de formas biológicas nocivas, o bien de situarse bajo el chorro nunca confortable de una regadera que avisa de todas las formas que, hace un buen rato, su trabajo terminó y que su única venganza consiste en oscilar la temperatura de su chorro que va alegremente del frío antártico a ese calor súbito que comienza a disolvernos las nalgas y que nos obliga a pegar gritos enormes y a huir por los cuatro rincones de la ducha.
Pasado esto, ya estamos listos para vestir las usuales y cómodas garras dominicales que forman parte muy principal de nuestro vestuario. Se nos informa que ya fueron regaladas a un ropavejero, pero que la industriosa señora, tras fructífera incursión en rumbosos almacenes, ha sustituido por unas prendas francesas hechas en Vietnam del Norte, que son el tope mismo de la elegancia y el buen estilo para vestir
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