Mis lectoras, pero sobre todo mis lectores sabrán entenderme: pretender escribir en domingo con cierta sensatez y hasta profundidad, es un acto que no está al alcance de los humanos.

Sólo las esposas, de cuya pétrea sensibilidad los siglos han dado sobrado testimonio, pretenden que abandone uno el tibio y deleitoso lecho, que luego se sumerja uno ya sea en una tina pletórica de formas biológicas nocivas, o bien de situarse bajo el chorro nunca confortable de una regadera que avisa de todas las formas que, hace un buen rato, su trabajo terminó y que su única venganza consiste en oscilar la temperatura de su chorro que va alegremente del frío antártico a ese calor súbito que comienza a disolvernos las nalgas y que nos obliga a pegar gritos enormes y a huir por los cuatro rincones de la ducha.

Pasado esto, ya estamos listos para vestir las usuales y cómodas garras dominicales que forman parte muy principal de nuestro vestuario. Se nos informa que ya fueron regaladas a un ropavejero, pero que la industriosa señora, tras fructífera incursión en rumbosos almacenes, ha sustituido por unas prendas francesas hechas en Vietnam del Norte, que son el tope mismo de la elegancia y el buen estilo para vestir


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Lo invitamos a leer a nuestro columnista exclusivo, Germán Dehesa, en los ejemplares impresos de Zócalo Saltillo y Zócalo Piedras Negras.

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