En un momento del país en que múltiples plagas asolan al ciudadano común; indigente de trabajo, de paz y de información, existe la urgente necesidad de que el periodismo replantee su papel y asuma un rol de servicio, abandonando una constante en la que suele caer: el mesianismo y la demagogia.

Que vuelva a lo esencial; dejando atrás la vacuidad, así como el doble discurso de libertinaje y de manipulación.

Pavor y control

En su libro “La Doctrina del Shock”, la periodista canadiense Naomi Klein compara la situación de una sociedad desinformada con el desconcierto y la fragilidad de un prisionero de guerra. Una entidad que, aislada de una percepción objetiva de la realidad, se vuelve manipulable y débil. Así sobrevive la sociedad de hoy; maniatada en un rol de espectador o lector pasivo, con cada vez más reducidos espacios de participación real: “Vote”. “Llame”. “Compre”. Vapuleada por notas “de relleno”; reina del consumo, tuerta de infomerciales; sorda de futbol, empalagada de estupidez, apabullada por el graznido de bizarros analistas.

Hombres y mujeres que antes de dormir se acostarán con su dosis de terror y cifras ominosas; los mismos que al despertar al nuevo día, prepararán a sus hijos para la escuela mientras se enterarán de los nuevos crímenes, los recientes desfalcos, la desmemoria de ayer, la injusticia de mañana.

La hoguera de las vanidades

En la tele estilistas y candidatos; analfabetas chicas del clima –vientres inútiles y perfectos– y somnolientos comentaristas de deportes. Mesmerizados analistas graznando sus alabanzas al vacío del desierto. En los medios escritos el asunto no va diferente. Baste ver la orientación noticiosa para darnos cuenta que la noción de relevancia de muchos editores raras veces coincide con las preocupaciones reales del ciudadano. Abismos crecen entre el redactor y el lector.

Algunas páginas de cultura donde artistas y personajes asumen ser profundos, originales, interesantes. Frases ingeniosas y claves sólo para iniciados. Poses, compromisos y supuestos.

Pequeños feudos en los que deciden lo que se publica y no; como si de esa manera construyeran la realidad misma. Sin saber que el periódico, después del mediodía, sirve para envolver las vísceras y las verduras.

Pasado mañana

Para su mal, los medios de comunicación se han ido alejando del hombre de a pie. Apuestan ahora a los analfabetas de Internet: los que tasan con igual relevancia la reciente travesura de Paris Hilton y los nuevos niños muertos que no importarán a nadie. Es la hora feliz: el asfixiante, el soñoliento espejismo de lo virtual. 

El lenguaje se ha vaciado de sus significados netos. Las palabras han perdido su peso. Muchos columnistas muerden el aire con sus colmillos blandos. Ahora el redactor se preocupa más que por decir, por no decir. Porno decir.
Mientras allá afuera la realidad arde.

Bardo de las bardas

“Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias“.


Ryszard Kapuscinski.
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