En la conferencia las conclusiones de científicos, médicos y educadores coincidieron en que, sin lugar a dudas, “la mente del infante es activa desde el momento de su nacimiento, y es conformada por las experiencias tempranas”. Aunque esa información no es nueva para el mundo científico, es desconocida para la gran mayoría de padres de familia y educadores.
La pregunta clave externada por los conferencistas fue: ¿Cómo educar a padres y maestros para que aprovechen el potencial ilimitado del niño, particularmente de cero a tres años de edad? La cultura popular desconoce las repercusiones que pueden tener en la inteligencia del niño las actitudes de los adultos, las cuales pueden inhibir su curiosidad innata, confianza en sí mismo, y la capacidad de resolver problemas.
La creencia generalizada es que los padres deben ahorrar y trabajar a todo pulmón mientras los niños son pequeños para poder cubrir después los gastos universitarios del hijo, y no le da la importancia necesaria al período más determinante en su desarrollo: Los primeros tres años de vida.
Aún para los padres que participaron activamente en la educación en la primera infancia del hijo, hubo grandes novedades. No es automático el resultado de que a mayor estimulación temprana, mayor desarrollo intelectual. Muchos niños son sometidos a interminables sesiones memorísticas por dedicados padres y, sin embargo, los estudios revelan que la forma de hablar al niño, el cantar, leer y jugar debe ser cuidadosamente planeado para adecuarse al temperamento y estado de ánimo del niño, de lo contrario el pequeño ‘se desconecta’ de la interacción. Sólo el 25% de padres y maestros lo hacen satisfactoriamente por instinto. El resto debe aprenderlo.
Un documento reveló la correlación entre el vocabulario y grado de socialización del niño con la cantidad y calidad de tiempo que los padres invierten en interactuar con él. Tiene un mayor desarrollo intelectual, emocional y afectivo un niño educado por unos padres de limitados recursos que han sido capacitados en estimulación temprana, que un niño de familia prominente que es llevado en brazos todo el día por nanas y enfermeras para que ‘no dé lata’, para que no llore mientras los padres cumplen con las múltiples exigencias sociales.
Uno de los estudios más interesantes mostró que el niño a quien los padres le hablan poco tenía un vocabulario pobre, mientras que aquél a quien le hablaban y cantaban desarrollaba una capacidad neurolinguística superior, y escuchaba y comprendía 75% más palabras por hora. El porcentaje se incrementaba a 340% al compararlo con un niño promedio en albergues para menores. Los ‘niños privilegiados’, aquellos que tuvieron el mayor número de reforzamientos positivos, fueron sobresalientes en todas las pruebas de las diferentes funciones o ‘inteligencias’ del cerebro, mientras que los niños de distintos estratos sociales que no habían recibido una adecuada atención personalizada obtuvieron una baja puntuación. El nacer en pañales de seda no es un factor determinante en cuestión educativa, sino la atención eficiente y afectuosa de padres y educadores durante la edad clave: De cero a tres años.
El gobierno estadounidense propuso un programa que después fue dirigido por el personal de las guarderías del Pentágono para capacitar en la debida atención al niño a profesionistas desempleados. Así mataba dos pájaros con la misma pedrada: Crear empleos y ayudar a desarrollar a los ciudadanos del mañana.
La mente de un niño es la materia prima más delicada del universo. Registra desde el primer instante de vida todas las emociones: El afecto o el rechazo de los padres, la atención o el abandono, las palabras dulces o altisonantes, el amor o la violencia. El cerebro infantil llena a científicos, médicos y educadores de asombro. La mente de un niño puede colocarse en el ámbito de lo sagrado.
| Comparte ese artículo: |
|



