7) Imagina a esa persona que te ofendió en el pasado. Imagínate que ambos están cómodamente sentados. Dile porqué te ofendió. Escucha su explicación amorosa de porque lo hizo. Y perdónala. Si un ser querido ya no está en este mundo, utiliza esta dinámica para decirle lo que quieres. Escucha su respuesta. Y dile adiós. Te dará una enorme paz.
8) A la luz del corto período de vida que tenemos, sólo tenemos tiempo para vivir, disfrutar y ser felices. Nuestra compañera la muerte en cualquier momento, de forma imprevista, nos puede tomar entre sus brazos. Es superfluo gastar el tiempo en pensar en las ofensas de otros.
9) Es natural pasar por un periodo de duelo al perdonar, deja que tu herida sane. Descárgate con alguien, platica, para dejar fluir el dolor. Aprende con honestidad los errores que cometiste, prométete que no lo volverás a hacer y regresa a vivir la vida.
Deja al mundo ser. Y déjate ser a ti también. La gente, las situaciones, las cosas y “el destino” no nos fallan, son nuestras expectativas esa aparentemente inofensiva y sutil forma de inmoralidad, nos aconseja el autor de “Nadie te Ofende, tú te Ofendes”. Pues bien, nuestra manía de crearnos expectativas lleva toda la vida haciéndonos sufrir y todavía no lo hemos aprendido. Se supone que en este caso el sufrimiento debería ser suficiente aprendizaje y deberíamos de dejar de crearnos esas expectativas que lo causan.
Pues no terminamos de aprenderlo y seguimos a la expectativa, esperando, ciertas cosas, ciertas las situaciones, lo que va o no a suceder, aquello sobre lo que no se tiene control, y por encima de todo, sobre las personas. Cuando estés a punto de sufrir por lo que alguien hizo o dejó de hacer recuerda: “crearme expectativas me hace sufrir mucho”.
En efecto, nadie te ofende, tú te ofendes, porque quien se da cuenta de ello no se conforma con lo que no le gusta, simplemente se da cuenta que la mejor manera para cambiarla no es a través del reproche a sí mismo, a los demás, sino un cambio interior, que otorga un mayor poder personal. En cambio quien se hace la víctima siempre, además de sufrir, limita su capacidad para influir en los demás, o lo hace manipulando, enemistando, confrontando, con artilugios y juegos que, por lo general, terminan negativamente.
Quien finalmente se da cuenta que nadie le ofende, vive con mayor libertad, porque le cae el veinte que nada de lo que pasa “allá afuera” le puede dañar, sólo lo que pasa adentro –los pensamientos– son los que realmente dañan.
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