La política está al revés y tal es el peor síntoma sobre la precaria situación de la misma frente a una sociedad cada vez más madura y participativa. Por eso, claro, es chocante que las manipulaciones mediáticas, a través de maridajes oscuros con el poder público, sigan señalando y desorientando la voluntad del electorado.

Mala cosa es, por ejemplo, la participación lesiva de los encuestadores que, en muchos casos, inhiben la participación de la ciudadanía en los procesos electorales, al considerar que ya todo está resuelto de antemano, sin ningún tipo de regulación al respecto y con las empresas especializadas ganando fortunas y rigiendo el desarrollo de las campañas. Y peor que los aspirantes a los cargos de representación popular se sientan con derecho a tener mayores reflectores porque, por ejemplo, se es pariente –hermana nada menos- del titular del Ejecutivo federal en claro handicap contra sus adversarios.

Los males se han extendido a todos los partidos y en contra de los mexicanos pensantes. ¿Debió matrimoniarse Marcelo Ebrard para disipar los rumores sobre cierto favoritismo en pro de los movimientos lesbico-gays tan de moda?¿Y antes fue necesario que Enrique Peña Nieto, sin resolverse las secuencias de la muerte de su primera esposa, Mónica Pretelini –quien le impulsó en sus principios y le presentó a la cuadrilla de Arturo Montiel-, destilara amor en alas de gaviota para ampliar su capacidad mediática?¿Tiene sentido que la hermana mayor de Felipe, el mandatario federal, alegue a su favor que cuenta con espacios en las televisoras nacionales porque es, desde siempre, muy atractiva y por ello merece canonjías? En este caso tendríamos que desterrar de los micrófonos a Elba Esther Gordillo quien fue una especie de adherente al calderonismo en 2006 y ahora coquetea, de nuevo, con el PRI. Alguna congruencia debemos encontrar.

Si a esas vamos, sin faltar a la caballerosidad que obliga la decencia, tendríamos que examinar algunos capítulos oscuros de la “inmaculada” y “atractiva” familia Calderón porque, que yo sepa, no he atestiguado, en todos estos años de analista, a ningún candidato que sea capaz del menor ejercicio de autocrítica, esto es a presentarse tal cual es y no deificarse como redentores en potencia. Todos, eso sí, se presentan en condición de tesoritos recién rescatados de las penumbras para iluminar a su patria jubilosa por la propia exaltación de virtudes que no conocíamos siquiera. ¿Será una buena ama de casa la hermana de Calderón?¿O fue madre soltera al involucrarse con un prominente político de Durango? Si vamos a hablar de lo bueno es necesario, igualmente, no ocultar signos que contaminan las presentaciones políticas luminosas.

Quizá por ello se han encendido tanto los hipersensibles miembros de la derecha con la publicación de “Nuestro Inframundo” –Jus, 2011-, el libro que más me ha costado poner en circulación de cuantos he escrito, incluso bajo la hegemonía autoritaria del PRI. Su distribución, igualmente penosa, plantea la existencia de manos negras detrás de las cortinas de humo habituales, muy interesados en mantener en alza, como ocurrió con los Fox hace un sexenio, la imagen presidencial, en ayuno de resultados, salvo la inútil acumulación de cadáveres mientras la exportación de drogas hacia los Estados Unidos no disminuye ni un gramo. Victorias pírricas las de Calderón, endiosado por sus asesores de importación a quienes ha obsequiado con la nacionalidad mexicana como si se tratara del cancerbero de la Divina Comedia, a la entrada del averno que sitúo, precisamente, en la residencia oficial.

Precisamente, el primer capítulo de la obra mencionada, “Xibalbá” –tal era la gran casa de los mayas por donde comenzaba la senda hacia el inframundo-, se detiene a examinar las paulatinas transformaciones de cuantos han habitado “Los Pinos” y salen de allí convertidos en auténticos demonios dispuestos a proteger sus fortunas mal habidas y de trastocar los hechos para intentar resolver la coyuntura histórica. Nunca como ahora, lo que revela la extensión de los infiernos, los ex mandatarios habían merecido un trato preferencial como ahora, y no sólo me refiero al más reciente, el señor Fox, sino a los antecesores priístas, digamos Carlos Salinas y sobre todo Ernesto Zedillo, expertos en intrigas palaciegas y en reacomodos de toda índole.

En ese episodio, naturalmente, agudizo la crítica –como siempre lo he hecho el año anterior al que definirá el futuro por la vía de las urnas y los escrutinios, tantas veces descompuestos como en 1988 y 2006-, hacia Felipe Calderón y sus perfiles, incluyendo antecedentes que explican no sólo la ruta de su formación personal sino igualmente la de sus adicciones. Y esto es, a mi entender, lo que ha desatado las más terribles maledicencias, contrarias a la ponderada tolerancia con la cual se ha vendido la idea de una democracia en cierne. Cualquiera que lea los sustentos entenderá porqué los políticos temen tanto a airear sus defectos o los pasajes turbulentos del pasado que revierten, en el presente, contra la comunidad nacional en su conjunto.


Debate

Desde luego, los actores están preocupados. Tienen conciencia plena acerca de la “recuperación” priísta, sólo explicable por el deterioro notorio de quienes ejercen gobierno y también por la segmentación de la izquierda presa de fanatismos extremos, aun cuando estiman que la cuesta podría remontarse al igual que en la fase terminal del foxismo, esto es cuando la pareja ex presidencial decidió ocuparse de la sucesión dejando de lado el sopor de la inercia que marcó a su administración.

No soslayemos, aun cuando la amnesia tiende a privilegiar los reacomodos por la senda de los olvidos convenencieros, un hecho incontrovertible: cuando inició la carrera por la sucesión presidencial en el sexenio anterior, precipitándose Felipe Calderón en Guadalajara en mayo de 2004 –esto es más de dos años antes de la justa comicial-, el prestigio de los Fox estaba por los suelos, rebasada la casa presidencial por los desafíos y resignada a no poder superar los escollos legislativos por la resistencia aviesa a negociar en términos verdaderamente democráticos. Por ello, claro, tuvo tan buena fortuna una opción que surgió fuera del entorno foxista, la del propio Felipe quien debió renunciar a la Secretaría de Energía por haber pecado contra la disciplina férrea, al estilo priísta, mostrándose como un desleal al presidente en los mismos términos.

¿Deberá proceder de la misma forma quien aspire a desprenderse de la mala imagen del régimen en curso y andar por su propia cuenta postulándose como la mejor garantía de permanencia para el grupo afín y los compromisos que le acompañan?¿O ya tomó cartas en el asunto el propio señor Calderón, cuya mano domina la dirigencia panista desde que envió a la misma a uno de sus incondicionales, primero, y a su fiel secretario privado, después, siguiendo los libretos encontrados en los archivos del priísmo predecesor? No hay diferencia alguna, ni en las formas ni el fondo.


La Anécdota

Resulta que en Coahuila, los Moreira están cayendo en la peor de las contradicciones: Humberto, animado por la cultura según dijo, abrió en Saltillo el Museo Taurino con mayor rango de cuantos conocemos en la República, un verdadero festín para los aficionados. Pero ahora, Rubén, quien le debe la gubernatura a su hermano menor y la madre de ambos quien convenció al primero de que “por sangre” debía olvidar los ponderados análisis de cuantos cuestionaron una sucesión anclada en un nepotismo tribal, pretende hacer valer una ley “de protección a los animales” cuyos términos acabarían no sólo con las corridas de toros sino igualmente con las peleas de gallos, los circos... ¡y hasta la charrería, el deporte nacional por antonomasia!
En el fondo del asunto pervive un interés francamente caciquil: La disputa de los poderosos hermanos con el empresario taurino fundada en la explotación de las minas de carbón. Los Moreira, por sus fueros, se apropiaron de algunas concesiones y el empresario, sin dejar de ser priísta según dijo, se puso a las contras. Y de allí a la torpe iniciativa de ley de marras que extiende prohibiciones como si estuviéramos bajo el flagelo fascista. ¿Y la libertad?
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