Mataron a millones de judíos y de los que llamaban “razas inferiores”.
Aún hoy nos espanta la maldad de esa minoría homicida.
Pero más nos confunde la pasividad de los buenos ciudadanos.
No pararon a tiempo al monstruo. No clamaron ante el genocidio.
Su sumisión contrasta con la imagen del joven chino parado inerme frente a un tanque de guerra.
No impidió que aplastaran a los rebeldes de la Plaza de Tianamen.
Pero exhibió la maldad tiránica ante la conciencia del mundo.
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