Lo de que el hombre es un “animal político” no puede estar mejor señalado que en la figura de Andrés Manuel López Obrador, para muchos el satán dispuesto a poner en riesgo sus comodidades y ventajas y acaso llegar al extremo de estatizar -¡qué barbaridad!-, la siempre “imparcial” Televisa –emporio del continuismo nacional-, y clausurar el Congreso para rehabilitar la figura del presidente fuerte –quizá por ello ha vuelto los ojos hacia el represor Bartlett-, en fase de engendrar un régimen fascista, reeleccionista claro cuando el virus del poder se inocula hasta lo más hondo, simulando, como en Venezuela por ejemplo, un ejercicio democrático en quien sólo creen los incondicionales.

El cambio de talante y de discurso le ha venido mal a muchos a quienes todavía sorprenden los virajes en una nación rebosante de mutantes de la política, geniales, sí, para justificarse con largas expiaciones personales que justifican las mudanzas más escandalosas entre un partido y otro. Hasta se sienten, cuando lo hacen, en la piel de Churchill cuya fama era que se levantaba conservador y se acostaba liberal... pero nadie era capaz de negar su brillantez y carisma prodigiosos. En fin, los más repelentes del perfil de López Obrador, del antiguo y del “nuevo”, no admiten sino hipocresías en los distintos acentos por él puestos en cada una de sus etapas. Y no les sobra razón para ello.

También es cierto que nadie, como él, es capaz de manejar con tanta ligereza a las masas conmovidas. Gracias a ello ha logrado reunir a millones de mexicanos en torno suyo y resucitar entre quienes le creían muerto y ahora están bastante más entumbados que él. Y eso a pesar de mantener la parodia de la “presidencia legítima” –sin que dudemos en el fraude vergonzoso de 2006-, al tiempo de recorrer “como misionero” –a decir de sus propios cercanos- hasta el último rincón de la patria mexicana. Pocos lo han hecho, quizá ninguno. Por ello no dudo en proclamar que López Obrador es, sin duda, quien mejor conoce su país de cuantos están a la vista y también de aquellos que presumen haber viajado mucho... asomándose a las ventanillas del avión.

Bien sabe Andrés Manuel en dónde radica su capital político. Lo refrendó cuando, con bastante facilidad, dejó en el camino a Marcelo Ebrard Casaubón, favorito de los intelectuales de izquierda y de los grupos conservadores dispuestos a darle una oportunidad a la contraparte no radicalizada, y sumó enseguida puntos cuando muchos desdeñaban la posibilidad de una nueva crecida. Lo hizo, insisto, con dos jugadas claves: anular a Ebrard sin necesitar de pelear con él y reconciliarse con Televisa, tendiéndole la mano a Joaquín López Dóriga, el informador contra quien más ha arremetido. Y lo hizo con tanta seguridad que incluso dejó pasmados a los operarios de exportación contratados por el PAN.

Al antiguo estigma de representar un “peligro” para México, como le señalaron los predadores bajo contrato de los panistas con la parafernalia presidencial detrás, interpuso López Obrador su propio instinto de viejo zorro, marrullero... y profundamente conocedor del terreno que pisa y de cuantos integran su mercado de votos, no sólo “los pobres” –por desgracia, en buena medida todavía manipulables-, sino también muchos de los pensantes a quienes no convence el retorno del PRI ni el continuismo panista cuya ineficacia es notoria y abrumadora. Va ganando el instinto porque lo primero, lo del “peligro”, no puede tener segunda edición porque sencillamente nadie creería en la oficiosa trama, ni los más ignorantes atados a la televisión y al mundo cibernético que convierte las iniciativas propias, sin percibirlo siquiera los afectados, en rutinas que los convierten en parte de la maquinaria, como robots andantes al estilo de la sociedad estadounidense.

La diferencia es que ahora, pese a lo avanzado en unas cuantas semanas, López Obrador no puntea en las encuestas, sino sigue relegado a un tercer sitio, de acuerdo a algunas empresas, apenas atrás de los aspirantes del PAN en fase de definición de la candidatura: cuando ésta sea un hecho, los cartones se moverán y entonces sabremos cuánto, de verdad, ha avanzado Andrés Manuel con su oferta de la “república amorosa”, que no extraña en él si recordamos aquella frase, de abril de 2005 cuando seguro estaba de ser sometido a proceso penal, cuando, a manera de despedida, clamó ante la multitud: “los amo... desaforadamente” –esto es, también sin fuero constitucional-, en el pésimo entramado montado por los Fox que ya reconocieron, por lo menos Vicente “tanto monta, monta tanto”, haber metido las manos hasta el indecoro en el contaminado proceso federal de 2006.
Lo cierto es que, a diferencia de sus adversarios, López Obrador cree en lo que hace y no se adapta a los guiones preestablecidos; por eso sorprenden tanto sus acciones y es complejo medir avances y puntos a futuro. Máxime cuando sabemos que jamás reconoció la supuesta derrota electoral, hace casi seis años, y mantuvo su campaña, sin micrófonos ni seguimientos periodísticos, sin perder su propio liderazgo. Esta circunstancia debiera hacer reflexionar a cuantos no le conceden la menor oportunidad de remontar. Este columnista no cree que le alcance el tiempo para ello, pero mantiene la duda en la capacidad y alcance del personaje por respeto a una trayectoria impregnada de obstáculos y aun cuando a través de la misma haya caído en el mal primario de los políticos: la intransigencia, una incongruencia en cuanto a la proclama democrática que sostiene. Lo sé bien porque él mismo lo ha demostrado así con quien esto escribe desde que debí contar, por objetividad básica, su historia negra en 2004 –“Destapes”-.

Debate
Andrés Manuel no se conformará con nada que no sea la victoria. En esto no ha cambiado un ápice; en su estrategia, sí. Ya no parece belicoso –aunque en el interior lo sea más que nunca-, y habla de amor en vez de encender el fuego de la hoguera en donde pretendió situar a las mafias encabezadas, claro, por Carlos Salinas, cuyo equipo le dotó de algunos de sus más cercanos consejeros y promotores. Una paradoja que López Obrador prefiere eludir alegando tan sólo que son cosas del pasado. Pero no es así si observamos el protagonismo incesante de Manuel Camacho Solís, sobreviviente en sus afectos a pesar de haber lanzado la iniciativa de las alianzas turbias en 2010 con un éxito aparente: quienes ganaron no se sienten necesariamente panistas o perredistas, sino líderes capaces de aglutinar hasta a sus adversarios. Y todavía se mantiene latente la posibilidad de que el experimento se repita en algunas entidades, incluso en el Estado de México próximo a renovar alcaldías y Congreso.

Bajo el empalagoso llamado al amor, Andrés Manuel no ha respondido a una interrogante clave, formulada hace dos años cuando publiqué “2012: La Sucesión”: ¿cómo fue que recorrió hasta los últimos rincones de Chiapas y Oaxaca sin publicitar siquiera algún encuentro con los subversivos afincados en esas regiones y que tuvieron que dejarle pasar, cuando menos? Ni modo que a su paso desaparecieran por encanto para reaparecer enseguida, más estimulados si cabe. Y no quiero hablar de los criminales porque tal sería injusto ante la desproporción evidente con los acorazados del PAN y el PRI.

¿Cuál es, entonces, su estrategia central? ¿El “amor” vendido como telenovela de izquierda, sin vejaciones a las sirvientas enamoradas, o la puesta en escena de una advertencia severa contra las instituciones representada por la unión de los rebeldes, a quienes 2012 favorecerá por las distancias financieras que seguramente habrán de abrirse sin la menor previsión por parte del régimen en curso? Sólo Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, advirtió ya que se nos viene encima la peor crisis económica de la historia, mucho peor a las catástrofes de 1982 y 1994, el año de la barbarie. Y ni así modifican sus líneas los representantes de la “nueva” clase política, la del PAN sobre todo, que piensan como viejitos intransigentes.

Mientras, Andrés Manuel suma y camina.
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