Hace un año, por estas fechas, Humberto Moreira era presidente de facto del PRI, bajo los mejores augurios para él, Enrique Peña y su partido. Mientras debutaba en las grandes ligas de la política nacional, operaba las campañas de los candidatos a los gobiernos de Guerrero y Baja California Sur. Sin embargo, “la política es un caleidoscopio: un movimiento lo cambia todo y después ya nada vuelve a ser igual”, pontificaba Luis Echeverría. La frase la escuché de Ramiro Flores Arizpe, ex presidente del Tribunal Superior de Justicia, en la mesa que un grupo de amigos entrañables compartimos cada semana para desayunar.

Fue lo que sucedió en el PRI. Peña giró el caleidoscopio y lo que parecía una elección de trámite —en democracias reales ninguna lo es— para retomar Los Pinos, se convirtió en infierno. Todo empezó con la renuncia de Moreira a la presidencia del CEN, forzada por la presión política y en medios, a causa de la deuda de Coahuila. El sucesor de Beatriz Paredes perdió sustento con el ex gobernador del Estado de México y su equipo.

El siguiente paso consistió en reestructurar el Comité Ejecutivo Nacional, para desaparecer todo vestigio de Moreira, quien de pronto se volvió tóxico. Por último, se anuló el acuerdo con el Partido Nueva Alianza y su brazo electoral, el SNTE, según el cual ambos irían juntos con Peña. El PRI cedería a cambio posiciones en el Senado y la Cámara de Diputados que serían asignadas por la cacique magisterial Elba Esther Gordillo y su embajador en el Panal, Luis Castro Obregón.

¿Qué tanto pesa el Panal? En las elecciones de 2006, su candidato presidencial Roberto Campa —ex priista— captó el 0.96% de las preferencias, equivalente a 401 mil 804 votos. Sin la estructura y los recursos del SNTE, pero también sin el desprestigio de Gordillo, Patricia Mercado, del Partido Alternativa Socialdemócrata, obtuvo un millón 128 mil sufragios, casi el triple que el Panal. Incluso quienes anularon su voto (904 mil) fueron más que los que cruzaron el logotipo de Nueva Alianza.

El Panal, como el Verde, el PT y Movimiento Ciudadano, es un partido marginal. Sólo que cuando las elecciones se deciden por márgenes —Felipe Calderón ganó con el 0.58%—, los votos de un partido satélite, sumados a los de una de las tres primeras fuerzas políticas, resultan determinantes. Tal pudo haber sido la apuesta de Moreira, promotor y artífice del acuerdo PRI-Nueva Alianza, hoy roto, que tanto revuelo causó entre los liderazgos tradicionales de su partido, así como división, renuncias y conflictos en varios estados.

¿A qué se refiere López Obrador cuando alerta de que la separación PRI-Panal es una simulación? A lo ocurrido en 2006, cuando Nueva Alianza postuló a un candidato propio, pero el SNTE (Elba Esther) apoyó a Calderón y al PAN. De otro modo no se explica que Campa haya recibido menos de 50% de los votos de una organización cuyos afiliados superan el millón. Según Peña, su divorcio fue con Gordillo, no con los profesores, como si éstos se mandaran solos y su líder fuese una misionera de la Caridad. Simultáneamente, el PRI lanza una campaña por la pésima calidad educativa en México, que atribuye no al sindicato ni a su presidenta vitalicia, sino al Gobierno federal. El pacto que se invalidó fue el de Moreira. El nuevo es entre Peña y Gordillo.

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