Explosiones consecutivas, en racimo, pero sin crespones luminosos.
Un repentino acomodo a la realidad, dice a la familia que es un tiroteo.
Algún encuentro armado entre soldados y policías contra delincuentes.
Sigue el miedo por el padre, por los hijos que andan en el trabajo, en la escuela.
Y el irse a la última habitación o meterse debajo de la cama.
En las ciudades sitiadas, como Monterrey, es la tragedia de cada noche.
Más el suplicio de aguantar el discurso oficial sobre lo bien que va la lucha contra el crimen.
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