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Dalia Reyes
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03 Noviembre 2016 04:00:00
Picar la tecnología
¿Verdad que se escucha en todo el orbe la queja por la tecnología invasiva cuya intromisión ha convertido a nuestros niños en autómatas del teclado y la picadera de botones?

Mi abuelo, para regañarme, me decía “muchacha marota”, pues más de una vez tuvo a bien bajarme de alguna cornisa desde donde observaba el mundo para saber quién necesitaba de mis servicios de heroína, con capa y todo. –Mamá también llegó a bajarme porque necesitaba la toalla que tenía por disfraz en la espalda, sólo que ella no emitía ninguna palabra, sus manotazos hablaban por sí solos-.

Y en Navidad los chicos poco aparecen en las calles a presumir sus regalitos, pues a mas de requerir batería –los regalos-, deben estar conectados o puestos sobre alguna mesa, en donde se les pueda contemplar fijamente. Entonces llega la nostalgia de los padres quienes consideran deplorable el devenir de la modernidad que mantiene a los hijos ensumismados –acabo de inventar la palabra porque ensimismados en estar en sí, y ellos están metidos en otra cosas que no es ellos-, lejanos de la naturaleza que nos atrapaba en un abrazo imposible de deshacer, y además no queríamos acabarlo.

Apenas me acuerdo de cómo corríamos en las zanjas listas para recibir el pavimento pues una ciudad nunca acaba de quedar lista. Jugábamos a los encantados y, al final, la más desencantada era la mamá que nos veía llegar blancos, como polvorón, de tanta tierra pero bien rechonchos de contento.

La noción mercantilista de lo que significa divertirse ha sido una invasión muy fuerte, y siendo que un árbol cuyas ramas están dispuestas para un resistente columpio no se vende en una plaza comercial, pierde el atractivo; si además implica maltratar caros y marcados ropajes, es inviable la diversión, así que ver un niño trepado en el árbol ahora es sólo motivo para el arte: Lo tenemos en casa pero en esculturas carísimas o bonitos cuadros.

¿Verdad que aquí tenemos a los niños con nosotros, queridos papás y mamás? Como también es verdad que los árboles siguen aquí, dispuestos a tendernos esos brazos tan socorridos por nosotros en nuestras mocedades. Entonces, si aquí están los niños y lo árboles también ¿cuál es la queja? Los elementos del conjunto están dispuestos, pero bien es cierto que un conjunto es más que la suma de sus partes, si los padres no toman manos a la obran y acercan uno a otro la chispa no se dará. Nosotros les ponemos las opciones, no culpemos a la tecnología como si esta tuviera vida propia; tampoco se trata de cancelarla.

Cada día tiene 24 horas y cada año 365 días, creo que hay tiempo suficiente para hacer conjuntos varios y cambiar la pétrea y linda figura de un niño en un árbol, adornando nuestra sala, por una inolvidable fotografía de nuestro hijo feliz respirando aire puro.

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