Necesitamos que alguien nos sacuda por los hombros, nos saque de la modorra y nos haga recapacitar sobre lo que sucede con nuestra ciudad.

Tomó más de 400 años hacer de Monterrey una ciudad ejemplar, con vocación de grandeza y virtudes cívicas que admiraba el país entero.

Llegó a ser una de las ciudades más ejemplares y atractivas para vivir, estudiar, hacer negocios, curarse o divertirse.

Pero aún en sus días más prósperos, cuando su industria y comercio florecían, cometieron los regiomontanos el error mayúsculo de segregar a los ricos en colonias exclusivas y a los miserables en barrios lodosos, sin servicios.
Ahondar las diferencias, perpetuar la injusticia social.

A esa ciudad a la vez orgullosa y contrastada, le cayó encima la plaga del crimen organizado. Con mucho dinero circulando, con abundante clase media, se convirtió en botín de los explotadores del vicio, las drogas, la prostitución y la piratería.

En menos de cinco años, la grandeza de la ciudad se está yendo por la coladera.
El orgullo señorial ahora es la pena de confesar que vivimos atrapados en una ciudad donde dominan los asesinatos, las extorsiones, los secuestros.

Pero la peor de las tragedias es la indolencia y el miedo con el que reaccionan los regiomontanos ante el peor y más pérfido ataque a su
ciudad.

Se lo comentamos no para deprimirlo; sino para llamar al temple y la dignidad de un pueblo que solía ser ejemplar.
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