Cuentan que una vez un hombre arrepentido de haber iniciado un rumor que destruyó la honra de una persona, lloró su culpa, y quiso enmendar su falta cuando ya estaba moribundo. En su lecho de muerte pidió ver al que había ofendido y le dijo: “Perdóname, ¿qué puedo hacer para devolverte la honra?” El otro contestó: Te perdono el daño que me hiciste, pero… si tiras al viento plumas de ave desde lo alto de la montaña, ¿podrás recogerlas?”
Estamos en tiempo de crisis, no cabe duda, crisis económica severas. Pero hay otra crisis de la que se habla poco y que es aún más grave: Crisis de credibilidad. El momento que vivimos en la historia del país exige de los ciudadanos alta fidelidad en el mirar, sentir, hablar y actuar,
especialmente, en escuchar primero toda la información de lo que nos preocupa y, cuando haya duda, exigir la verdad completa a nuestros la representantes. A pesar de la avanzada tecnología en la Era de la Comunicación las relaciones entre la ciudadanía y sus dirigentes se tornan difíciles y escabrosas porque los mensajes que transmiten nuestros representantes a nivel nacional son distorsionados, manipulados, y envuelven la realidad con palabras capciosas.
Dicen que los mexicanos somos propensos a perder fácilmente la objetividad debido a resentimientos o falta de seguridad personal. Aseguran que se nos atascan las antenas y perdemos la conciencia nacional por la enmarañada red de sentimientos: No vemos con claridad, ni pensamos con lucidez, ni sabemos expresarnos con asertividad en tiempos de crisis. La falta de asertividad, el no decir exactamente lo que deseamos en el momento preciso, a la persona indicada, con fidelidad de datos, y respetando las formas, agrava nuestro sentimiento de desconfianza. Escuchamos muchas palabras, sí, muchos rodeos, también, pero la impresión es que en realidad no hay veracidad en el mensaje que escuchamos.
También dicen que cuando los mexicanos metemos la pata, nos cuesta mucho reconocer el error y, para evadir responsabilidades, recurrimos a la mentira o al rumor para escondernos tras ellos. Y si hoy en día decimos que la mentira puede dar media vuelta al mundo en menos tiempo en que la verdad tarda en atarse las cintas de los zapatos, los persas, ya desde tiempos inmemoriales, sabían la fuerza destructiva que puede tener un rumor. Un jeroglífico tallado en una piedra de mármol en la ciudad de Persépolis y descifrado por un misionero en el año de 1720 dice: “No juzgues todo lo que ves, porque el que juzga todo lo que ve muchas veces juzga lo que no es. No creas todo lo que oyes, porque el que cree todo lo que oye muchas veces cree lo que no debe. No digas todo lo que sabes, porque el que dice todo lo que sabe muchas veces dice lo que no conviene”.
Es difícil purificar la comunicación humana y despojarla de contaminantes. También es complicado desinfectar de pasiones humanas y de intereses personales los mensajes. El número de tonalidades con que se puede colorear el significado de un mensaje es infinito, e infinita también la variedad en su interpretación. El mensaje cuya intención sea clarificar nuestra incertidumbre por los hechos que vivimos deberá vestirse con sus mejores galas: Veracidad, claridad y precisión. El medio deberá ser el apropiado para que el mensaje sea recibido con fidelidad. El momento deberá ser exacto: No antes ni después.
Como ciudadanos de un país que busca ocupar el lugar que le corresponde dentro del nuevo orden mundial, tenemos un compromiso personal. Cada mexicano deberá entrar a su interior para descubrir ese espacio donde todo es justo, donde todo es exactamente lo que es. Ni más ni menos. El espacio de alta fidelidad desde el cual la mirada se vuelve diáfana, como la mirada de los niños, donde los hechos se contemplan sin distorsión y sin pasión, las palabras no se equivocan al decir, y la comunicación no lleva dolo. El lugar donde Dios se revela al ser humano y, éste, iluminado, empieza a ser auténtico en el escuchar, mirar, sentir, hablar y actuar.
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