El mundo está en búsqueda constante de soluciones a problemas nuevos e injusticias seculares. La pobreza es una de las más lacerantes. ¿Por qué su prevalencia? Los factores son múltiples: explotación, subdesarrollo, concentración de la riqueza, educación laxa y politizada, falta de cultura democrática, corrupción e impunidad. Esa es la raíz, el fermento de movimientos que han depuesto dictaduras en Oriente Medio y el Magreb, mientras que en Occidente fuerzan a anticipar elecciones e invaden calles y plazas para demandar cambios políticos y económicos que miren hacia las mayorías marginadas y sin oportunidades de bienestar y de progreso.

El tono de las manifestaciones varía según el país. En los más atrasados, el cambio político se ha logrado en medio de auténticos baños de sangre. En Estados Unidos, “los indignados” también han sido reprimidos, pero sin llegar a extremos; la democracia no lo permite. Es apenas el inicio de un debate global sobre la necesidad de equilibrar la balanza entre ricos y pobres, entre abundancia –acumulada por los menos– y penuria, compartida por los más en el planeta.

Frente a este panorama, la tentación de volver la vista hacia sistemas totalitarios, y la existencia real de soluciones prácticas al problema de la miseria, el ensayista Gabriel Zaid, en su columna “Muros profesionales”, advierte “Si el feudalismo desapareció y el comunismo va de salida, no cabe suponer que el capitalismo vaya a ser eterno. Seguramente tiene los siglos contados”. (...) Para que no haya hambre en el planeta, basta una pequeña parte del PIB. Pero los universitarios en el poder de los países capitalistas, comunistas y del Tercer Mundo siempre han tenido cosas más importantes que hacer”. (“Reforma”, 18-12-11)

El autor de “De los libros al poder”, publicado en medio de las turbulentas elecciones presidenciales de 1988 y mucho antes de que Enrique Peña fuera gobernador y revelara su ignorancia literaria en la FIL de Guadalajara, precisa “Los muros que impiden acabar con el hambre no son físicos, ni están sostenidos por intereses económicos ni políticos. Por el contrario, facilitar que los pobres salgan de pobres sería un gran negocio económico. Los muros invisibles son las convicciones profesionales impermeables a la realidad”.

Por esa desconexión del mundo real, Ernesto Cordero declara que seis mil pesos mensuales bastan para vivir bien, educar a los hijos en colegios particulares, pagar la hipoteca y tener coche. Por la misma razón, Peña Nieto desconoce el precio de la tortilla y a cuánto asciende el salario mínimo, mientras López Obrador equivoca la tarifa del Metro en la Ciudad de México, que hasta hace poco tiempo gobernó. Suena anecdótico, pero no lo es.

Los tecnócratas y los populistas y sus dogmas no son los únicos que impiden disminuir la pobreza y la desigualdad bajo fórmulas prácticas, transparentes, eficaces y auditadas. También los políticos que sin títulos en el extranjero ignoran los apremios de la grandes mayorías, porque dejaron de pertenecer a ellas; los que alguna vez lo fueron. Sus prioridades, en consecuencia, son otras: conservar posiciones y privilegios al costo que sea. La irrupción de la sociedad es valiosa, justamente porque obliga a los poderes –públicos y económicos– a despertar y ver que la “prole” tiene ya cercados sus castillos.

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