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¿Qué ocurre cuando un mandatario realiza un periplo fuera de su jurisdicción? Si bien, en tierras de golpistas sobre todo, el riesgo de que alguien ocupe su lugar puede parecernos alto, la realidad indica otra cosa: La continuidad, por inercia, del Gobierno. Por lo general no hay sobresaltos y hasta se estima, en no pocas ocasiones, que un viaje oportuno puede desactivar los polvorines encendidos o cuando menos posponer ciertas decisiones claves. Por ejemplo, bajo el priísmo hegemónico, los presidentes de turno solían salir al extranjero para “enfriar”, con sus calculadas ausencias, sus respectivas sucesiones habida cuenta del intrínseco privilegio insondable de señalar al relevo.

Así, cuando el titular del Ejecutivo federal se aleja por unos días del país, con la anuencia del Legislativo claro, suelen reducirse las presiones y el Gobierno funciona aunque su cabeza ande de parta de perro por el mundo. Durante algún tiempo tal inclinación sirvió para exaltar la “tranquilidad” social que posibilitaba al mandatario en funciones separarse de la solemnidad del despacho. No se olvida la etapa de Adolfo López Mateos –“paseos” le calificaban sus contemporáneos con jocosidad más que vocación crítica-, cuando este personaje, gran orador y de indiscutible popularidad, divulgó la teoría de la diversificación como fuente de esperanza para un país demasiado dependiente del gran poder del norte. Con ello justificó sus amplios recorridos por los cinco continentes sin que se hubiese logrado el objetivo de fondo: De hecho, la injerencia estadounidense fue más evidente desde entonces y creció con el derrumbe del modelo del nacionalismo estabilizador, impulsado por Antonio Ortiz Mena a través de tres sexenios hasta que decidió incorporarse a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 1971, que mantuvo el tipo de cambio estable durante casi dos décadas.

Con la era de la comunicación –estimamos que es ésta mientras nos alcanza el futuro-, los jefes de Estado y de gobierno se esmeran en coincidir a cada rato con cualquier pretexto. Para infortunio general, los encuentros más se caracterizan por el anecdotario que por la toma de decisiones torales. O, cuando menos, eso parece si nos concentramos en la memoria histórica. ¿Alguien recuerda, como muestra, la Cumbre Iberoamericana de Monterrey en 2002 por alguna otra cosa ajena al tremendo diferendo entre el torpe señor Fox y el entonces presidente de Cuba, Fidel Castro, a quien el primero invitó a dejar la sede del evento para no incomodar al entonces mandatario estadounidense, George Bush junior? Y podríamos ampliar la lista a golpes de pasajes sin el menor fondo.

En 1986, por ejemplo, la anfitrionía de Miguel de la Madrid no sirvió a los mandatarios latinoamericanos sino para ser alertados sobre los riesgos que podría generar un “club de deudores”, como proponía el argentino Raúl Alfonsín, a diferencia de las buenas nuevas sobre las posibilidades de renegociar, de manera unilateral, cada una de las asfixiantes deudas externas. El postulante mexicano, al servicio de Washington naturalmente, se salió con la suya y se desbarató un proyecto que sólo fue apoyado por Castro cuyas palabras se convertían en perdidos gritos en el desierto dado su propio perfil de beligerante contra “el imperio”.

Los saldos de tales reuniones de alto nivel han sido, más bien, negativos aun cuando se estime que el intercambio de opiniones es siempre útil. Lo es, claro, cuando existe verdadera voluntad política para asimilar las opiniones ajenas con el propósito de construir escenarios comunes. Pero para tal no se requiere de la buena disposición de los representantes del llamado “tercer mundo” sino únicamente el aval de quien se pretende el gran vigilante de la democracia siempre que ésta pueda cortarse con la tijera de la Casa Blanca.

Por cierto, ya son muchos lustros acumulados en los que los mandatarios en funciones no han rendido cuenta cabal, salvo los referentes superficiales, de los frutos de sus viajes al exterior. La palabrería, esto es la demagogia, sustituye a la eficacia y al concepto toral de la democracia que se exalta a través de la soberanía popular. Es evidente que a quienes han pasado por el poder Ejecutivo en nuestro país no les preocupa, siquiera para disimular, la obtención del aval general sobre sus proyectos viajeros. ¡Y vaya escándalos protagonizó el señor Fox cuando le negaron permisos para asistir a una cena con Billy Gates en 2002 y cumplimentar a su hijita Paulina, con residencia en Australia, en 2006! El perentorio huésped de Los Pinos se dijo afrentado por los legisladores perversos e incapaces de entender los beneficios que obtendría... la pareja presidencial, claro.
Debate

En México se ha confundido la ausencia de Gobierno con una falsa cruzada para reducir la influencia presidencial en obsequio de una mayor participación cívica. De desarrollarse lo segundo alguna importancia tendría la opinión pública frente a los excesos evidentes del poder público. Cuando menos, el imberbe secretario de Gobernación, descubiertas sus huellas en el entramado del tráfico de influencias y la consiguiente obtención de jugosas concesiones públicas en su doble perfil de empresario y funcionario, habría sido cesado de manera automática.

Por cierto es un lugar común, sobre todo entre los panistas que ahora reciben los privilegios del poder, subrayar que, en cualquier caso, estamos mejor que ayer. Incluso se pone el énfasis en la transparencia gracias a la cual es factible “pescar”, en las redes cibernéticas, las desviaciones y gastos excesivos de las jerarquías políticas; y se asume, claro, que tal es la fuente de los modernos escándalos porque antes ni siquiera nos enterábamos de los abusos recurrentes. Nada más alejado de la realidad.

Hagamos un pequeño esfuerzo de memoria. El 22 de enero de 1995, apenas cincuenta y tres días después de su designación, Fausto Alzati Araiza fue separado del cargo de secretario de Educación Pública al haberse exhibido, en la prensa diaria, documentación inapelable sobre la inexistencia del título de “doctor” con el que se presentaba en el gabinete del doctor Ernesto Zedillo de cuyos vicios nos hemos ocupado ampliamente en otras ocasiones. No hubo réplica posible ante la contundencia de las pruebas que demostraban el embuste y la consiguiente usurpación de un nivel académico que no había alcanzado. Y es que incluso bajo la férula del presidencialismo asfixiante, o autoritario como ahora señalan los recipiendarios del mismo, no puede obrarse en contra del manifiesto pronunciamiento general salvo si se opta por atropellarlo acercándose al abismo de la rebeldía cívica. Y como este caso hay otros más hasta en los periodos en los que solía protegerse a los incondicionales para exaltar su lealtad.

No existe siquiera punto de comparación con lo que está sucediendo en el presente. Por una parte, son notorios los vacíos de poder en algunos de los renglones alejados de la agenda militar y los periplos presidenciales; por la otra, se niega trascendencia al colectivo, en donde se supone radica la soberanía de acuerdo a lo expresado por la Carta Magna, manteniéndose al frente de la política interior del país, nada menos, a quien ha sido exhibido por sus conductas ilegales, amorales diríamos, sin réplica posible. Porque, desde luego, ninguna ética puede cobijar a quien negocia beneficios para el consorcio familiar, Transportes especializados Ivancar, aprovechándose de la tutela de quien era su jefe en su calidad de secretario de Energía y lo sigue siendo ahora en ejercicio de la Presidencia de México. No encuentro argumento alguno que pueda sustituir a tan tremendas evidencias.

http://www.rafaelloretdemola.com
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