Y lo mismo sucede cuando se escribe y se propone a un conglomerado tan diverso y plural como el mexicano, sobre todo porque no siempre se cuentan con suficientes elementos de juicio, lo que eleva la vulnerabilidad comunitaria, y las inducciones desde el poder surgen como hilos conductores de la opinión pública aun cuando las interpretaciones sobre los hechos sean sesgadas e incluso tendenciosas. Estamos siempre bajo el fuego cruzado de las manipulaciones públicas.
Hace unos días destaqué la necesidad de polemizar sobre la pena de muerte en un entorno marcado por las conductas predadoras de los violentos y la tremenda insensibilidad de los anarquistas. A veces tenemos la sensación de ser rehenes de las bandas criminales en ausencia de un gobierno capaz de garantizar la seguridad colectiva, acaso el mayor de sus deberes, y la consiguiente estabilidad para despegar en todos los sentidos. Las causas, desde luego, no son todas imputables al deficitario aparato estatal aunque la mayor parte de ellas provenga de estas fuentes.
El número de ejecutados como consecuencia de vendettas y ajustes de cuentas en territorio mexicano, a partir de la asunción presidencial a trompicones del señor Calderón, es de por sí revelador de una situación de emergencia que ha dado lugar a una reacción oficial zigzagueante aun cuando se señale como una de las grandes prioridades nacionales. Una cosa es asegurar que el Gobierno asimila los daños colaterales –es decir las bajas en las infanterías- y otra, muy distinta, que esté teniendo éxito real en la guerra de los reacomodos porque se capturó a uno de los mayores capos colombianos... con el auxilio e intervención de corporaciones extranjeras, como ha sido costumbre en la mayor parte de las aprehensiones relevantes desde la lejana década de los ochenta cuando se produjo el gran “boom” del narcotráfico mientras se hipotecaban nuestros recursos naturales para dar inicio a una “reestructuración” financiera basada en los ajustes al gasto social y la protección a los grandes capitales, esto es a los aliados y socios del sector público.
Así como ahora los niños ya no quieren ser presidentes sino parecerse a Carlos Slim, el mayor multimillonario del planeta a quien cumplimentan todos los líderes universales, en los estratos comunitarios más bajos ya no se observa enrolarse al ejército como la última opción si se tiene la oportunidad de formar parte de los “cárteles” mejor pertrechados y en donde las vidas se venden mucho más caras. A los desesperados y parias, atenaceados por el hambre y la ausencia de oportunidades laborales, infringir la ley es una cuestión bastante marginal.
Las nutrientes de la existencia criminal son bastante más jugosas que los desafíos planteados por integrar los cuerpos policiacos y militares en sus niveles más bajos. Con los “narcos”, por ejemplo, la bonanza viene por añadidura, enseguida diríamos, a diferencia de los calvarios que plantean los ingresos paupérrimos de los llamados cuerpos de seguridad con todo y los limitados incentivos. ¿Casas para los deudos de las víctimas?¿Pensiones para cuantos quedan baldados de por vida? Todavía, a estas alturas del supuesto combate contra las mafias, se sigue discerniendo sobre ello... más de veinte años después de evidenciarse la penetración de las bandas criminales en la estructura gubernamental por cauces diversos además.
Y el hecho es que la violencia avanza y la sociedad parece indefensa. Únicamente nos falta escuchar aquello de que debemos cuidarnos solos para completar la geografía de las grandes negligencias públicas. No hay cambios estructurales ni transformaciones de fondo. Las líneas generales no
se alteran.
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